León

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Llegamos a León. Etapa corta, de unos 19 kilómetros, por lo que apenas a la una de la tarde estábamos ya en el albergue. Para acortar la etapa siguiente habíamos decidido pernoctar en la Virgen del Camino, a unos 7 kilómetros pasado León, donde deberíamos llegar por la tarde después de visitar la ciudad, pero la hospitalera del albergue de Puente Villarente nos recomendó que fuéramos directamente al albergue, a donde se podía llegar sin necesidad de entrar en León, acortando la ruta un kilómetro o así. Una vez aseados podíamos ir a León en autobús, que pasaba cada 15 minutos. Y así lo hicimos; cuando ya llevábamos un buen rato en la parada, preguntamos en un bar cercano y así nos llevamos la primera sorpresa de una tarde pródiga en disgustos: de cada 15 minutos nada, pasaban cada 2 horas. Había pasado a las 14:30 y hasta las 16:30 nada que hacer. Entonces decidimos que podríamos llamar a un taxi de los que hacen servicios para peregrinos y así no tener que esperar tanto tiempo. Unos minutos después aparece el taxi y nos llevamos la segunda sorpresa: es un vehículo normal, de los de 5 plazas (nosotros somos 5). Dijimos al buen hombre que habíamos pedido un taxi con capacidad para 5 pasajeros, a lo que nos contestó que en León no había taxis de esa clase, pero que no había problema porque uno de nosotros podía ir en el maletero. Dicho y hecho, el buen señor abre el maletero y allá que va Charo y se mete dentro. A mi se me salían los ojos de las órbitas, no podía creer lo que estaba ocurriendo. Por no decir algo más fuerte le pregunté al taxista si aquello iba en serio, porque pensaba que me diría que por supuesto que no, que era una broma y que no podía ser, que tendríamos que ir en dos taxis o buscar otro transporte. Pero nada de eso, aquella animalada iba totalmente en serio. Ahí ya no me pude callar, tuve que decir que aquello era una majadería y que desde luego así no íbamos a hacer el viaje. Vamos, ni loco. Así que nos replanteamos la situación y por fin decidimos comer algo allí y tomar el autobús de las 16:30.
Por fin llegamos a León. Después de asegurarnos de dónde y cuando coger el autobús de vuelta, comenzamos a caminar hacia la Catedral, sin dejar de admirar a nuestro paso algunas joyas arquitectónicas como el edificio Botines, de Gaudi, o la Diputación. Al llegar a la plaza de la Catedral no queda más remedio que quedarse absorto contemplando tan magnífico monumento, pensando en cuanto tiempo y cuantas historias habrán vivido aquellas piedras y admirando el valor de quienes disponiendo de tan escasa tecnología fueron capaces de levantar tan majestuosas obras. Y entonces, la tercera y última (por suerte) sorpresa de la tarde: justo cuando llegamos a la puerta del recinto nos advierten que van a cerrarlo porque van a celebrar una boda y no admiten visitas. Nos quedamos tan de piedra como la propia Catedral, no podemos creer que tengamos tan mala suerte. Y no sólo nosotros, sino cantidad de peregrinos que, como nosotros, llevan muchos kilómetros a cuestas esperando llegar a León para disfrutar de este momento. Pero este momento se ha visto completamente malogrado por la cortedad de miras y el egoísmo de la clase política y eclesiástica. Una vez más tanto unos como otros demuestran estar a años luz del pueblo y mirar exclusivamente por sus propios intereses. Así les vaya.

¡Dios mío! ¡No siento las piernas!

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Llevamos más de ochenta kilómetros en tres días. Si el primer primer día de camino fue duro, el segundo lo fue todavía más. Otros casi 30 kilómetros por campos despejados, con apenas unos arbolillos a la vera del camino en algunos tramos, que daban un poquito de sombra a intervalos. Y el calor, más calor de lo que imaginábamos que tendríamos, el calor que hace que andar kilómetro tras kilómetro con la mochila a cuestas sea todavía más pesado.
Pero por suerte, como ha ocurrido en varias ocasiones, hubo una de cal y otra de arena: al llegar al albergue de La Laguna en El Burgo Ranero, Vincenzo el hospitalero nos dijo que fuéramos primero a lavarnos y cambiarnos y luego ya hariamos el registro. Inmejorable el trato recibido. En otros sitios deberían aprender a tratar al peregrino (a las personas, en suma), como es el caso del albergue San Bruno por ejemplo.
Hoy la etapa ha sido más llevadera, salvo por los últimos 5 kilómetros, al sol, ya cansados y caminando junto a una carretera con bastante tráfico. Al terminar la etapa hemos retomado una costumbre que parecíamos haber perdido: tomarnos una cerveza bien fría para celebrar el final de la jornada. Después ya vendría el consabido tiempo dedicado al aseo, el lavado de ropa y a la cura de ampollas y músculos sobrecargados.
A lo largo del camino nos vamos encontrando con mucha gente, de todas las clases y orígenes. Hoy nos ha llamado mucho la atención un grupo de peregrinos americanos: un hombre y su hijo venidos desde Austin (Texas) y dos mujeres de California. Los cuatro han venido expresamente desde su tierra para hacer el Camino. También he podido charlar un rato con una chica Eslovaca que iba sola, vamos, todo lo sola que se puede ir aquí. Empezó su andadura en St. Jean Pied de Port hace dos semanas y todavía le quedaban cuatro para completar el viaje hasta Santiago y después Finisterre y Muxia. Sin prisas, a su aire, disfrutando de los sitios en los que le apetece detenerse. Todo un lujo.
Mañana llegamos a León. No conozco  esta ciudad y ya hace tiempo que quería visitarla y conocer su catedral. Hace unos años no hubiera podido imaginar que llegaría en estas condiciones, pero claro, ¿quien puede predecir su futuro?

Tierra de Campos o los contrastes del Camino

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Hemos finalizado la primera etapa de este tramo. Ha sido un día duro, algo más duro de lo que esperábamos, por diversos motivos. La espalda se quejaba por la falta de costumbre de cargar tanto peso y las piernas acusaban el esfuerzo de someterlas al ritmo de de tener que dar un paso tras otro, y éste tras otro más, y otro y otro…  Además ha hecho más calor del esperado, lo cual hace todavía más pesado lo penoso del caminar. Pero, ¿quien se queja de algo que está haciendo por gusto?
Pero lo peor de todo es encontrarte con una desagradable sorpresa al final de una larga y fatigosa jornada. En primer lugar, al llegar a Terradillos la noticia de que sólo quedan dos plazas libres en el albergue, mientras que nosotros somos cinco. Afortunadamente nos han informado de que apenas a dos kilómetros de Terradillos, en Moratinos, hay otro albergue donde seguramente podríamos encontrar sitio. Tras llamar por teléfono y comprobar que sí habían plazas disponibles, nos hemos puesto nuevamente en camino. El albergue en cuestión, regentado por italianos, nos ha acogido con una fuente en la que poner en remojo los pies para poder darles descanso después de la etapa. Parecía que íbamos a tener una buena estancia, pero eso era sólo una ilusión. La primera sorpresa, descubrir que no hay mantas, ni nada que se le parezca, por lo que Virginia y Carmen que viajan apenas con una sábana para prescindir de todo el peso posible tendrán que hacer uso de forros polares y chaquetas para cubrirse y evitar el frío. La segunda sorpresa ha sido encontrarnos a la hora de la cena que no contaban con “los españoles” (casi todos los peregrinos son italianos). Fallo nuestro por no adivinar que debíamos haberlo avisado (y, además, pagado) con anterioridad. ¡Que falta de previsión la nuestra! Pero como no hay mal que por bien no venga, esto nos ha servido para cenar en el restaurante El Castillo, donde nos han tratado inmejorablemente y hemos tomado un menú excelente, por el mismo precio que habríamos pagado en el albergue por un plato de espaguetis.
Nada que ver el trato recibido hoy con el que nos brindaron las monjas del albergue del Espíritu Santo, en Carrión de los Condes. Pese a haber llegado a las 10 de la noche por problemas con el transporte, nos esperaron y nos dieron todo tipo de facilidades para que pudiéramos primero cenar y luego descansar lo mejor posible, y esto por la mitad de lo que nos ha costado el albergue de hoy. Quedamos encantados del trato recibido y profundamente agradecidos con tan maravillosas y abnegadas monjas. Esto me refuerza en la idea que ya he expresado en alguna ocasión de que más que las piedras, el asfalto, los montes y llanos o los kilómetros que van pasando bajo las suelas, el Camino lo conforman las gentes que vas encontrando, que son quienes, de una forma u otra, dan sentido a lo que estamos haciendo.

Sin dolor no hay gloria

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Sin dolor no hay gloria, este es el lema escogido para nuestras camisetas. No es que tengamos intención de sufrir, pero en mayor o menor medida cada uno de nosotros tendrá su dosis de sufrimiento hasta que consigamos llegar a nuestro destino, Santiago.

Nos ponemos nuevamente en Camino. Salimos Lur y yo hacia Madrid, en AVE; allí nos encontraremos con Virginia, Carmentxu y Charo. Hasta Palencia en tren y a Carrión de los Condes en taxi, donde previsiblemente llegaremos en torno a las nueve de la noche, con el tiempo justo de cenar algo y meternos en el saco para estar bien descansados para mañana. Nuestro objetivo es llegar hasta Ponferrada, unos 200 Km en 8 días, a unos 25 Km de promedio diario, lo cual es muy similar a lo andado en los dos tramos ya realizados.

Mañana la primera etapa de esta nueva andadura, desde Carrión hasta Terradillos de los Templarios, unos 27 Km. Las previsiones meteorológicas no parecen malas para estos días: temperaturas en torno a los diez grados por la mañana y hasta los veintipocos al mediodía, sin lluvias anunciadas, aunque nunca se puede saber a ciencia cierta. En todo caso lo que no falta son las ganas y la ilusión; estamos ya a mitad de camino, y tras estos días de marcha quedaremos ya a unos pocos días de la meta, de Santiago. Tendremos que esperar hasta el próximo año para poder andar ese último tramo, el de la gloria.

Aunque no lo parezca, soy nórdico

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Siento especial predilección por los países nórdicos. Para mi, donde pueda disfrutar de un paisaje dominado por cumbres heladas, bosques de coníferas que se extienden hasta donde alcanza la vista, con la nieve extendiendo su manto blanco sobre campos y ciudades, pueden quitarse todas las playas del caribe, con todo su sol. Es cuestión de gustos, que duda cabe.

Pero no se trata solo de paisajes, no: admiro a su gente. Admiro su rectitud, su honradez, su sinceridad, su generosidad. Admiro la forma en la que viven su vida, trabajando para ellos y por el bien de su comunidad, enfrentando los problemas con sinceridad y valentía, buscando siempre la mejor solución. Y aunque no es oro todo lo que reluce y algunos factores como los elevados índices de  suicidio parecen indicar que la vida en el norte no es tan fácil como aparenta, estoy convencido de que si aprendiéramos un poco de ellos, nos iría mucho mejor.

Todo esto viene a cuento de un artículo que he leído hoy en eldiario.es. El artículo, que trata sobre una serie de televisión, proporciona una serie de datos muy interesantes sobre el puente de Oresund, una impresionante obra de ingeniería que une las poblaciones de Copenhague, la capital danesa, y Malmö, en Suecia. Un puente de 16 kilómetros sobre el bravío mar Báltico que necesita de una isla artificial de 4 kilómetros de longitud para soportar su infraestructura frente al embate de los fuertes vientos de la zona. Un puente que fue necesario soterrar en parte bajo las aguas del estrecho por la complicación de mantener toda la estructura por encima del mar. Una obra auténticamente faraónica, que difícilmente hubiera podido ser construida en otro sitio. En España, por ejemplo, no sería posible construir un puente similar en el estrecho de Gibraltar, con independencia de las diferencias que pueda haber entre ambos estrechos. Al menos no sería posible construirlo en las condiciones en las que se construyó el puente de Oresund, o sea, cumpliendo los plazos previstos y ajustándose al presupuesto. Aquí, una obra de esas características sería una fuente inagotable de fondos que serviría para que una cohorte de politicastros, constructores y contratistas sin escrúpulos se llenaran los bolsillos a nuestra costa, provocando que el puente viera su coste multiplicado varias veces y que los plazos de obra se vieran ampliados una y otra vez, hasta el escándalo. Para ilustrar esta afirmación podemos encontrar múltiples ejemplos, aunque por no extenderme citaré el caso del Palau de les Arts de Valencia, que casi quintuplicó su presupuesto, de 109 millones a casi 500. En su conjunto, debido a deficiencias, fallos y errores de diseño y ejecución, la Ciudad de las Artes y las Ciencias tiene un sobrecoste evaluado en más de 600 millones de euros. Presupuestada inicialmente en 331 millones, se han gastado ya más de 1.300, cuadruplicando su coste.

El por qué de la imposibilidad de llevar a cabo una obra de estas características en España está claro; lo que quizá no esté tan claro son los motivos por los que fueron capaces los suecos y daneses de finalizar con éxito el puente. La respuesta es tremendamente simple: tenían una necesidad y se propusieron poner remedio. Así de sencillo; sin anteponer motivos partidistas ni electoralistas, sin ánimo de lucro, sin intención de entorpecer u obstaculizar el trabajo de quienes no son de su color. Simplemente se propusieron construirlo, y lo hicieron. Por eso me gustan los países nórdicos. Por eso, aunque no sea alto, rubio y de ojos azules, me considero nórdico; nórdico nacido por accidente en España.

 

Maletines y Suiza

 

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Los suizos han aprobado en referéndum restaurar las cuotas de inmigración, o lo que es lo mismo, limitar el número de emigrantes que podrán entrar en el país. Estas cuotas serán aplicables a todos los países, incluyendo a los ciudadanos de la Unión Europea.

Y yo me pregunto, ¿limitará también la entrada de maletines desde estos mismos países o las cuentas que sus habitantes puedan abrir?

Otra gota de agua que colma el vaso, que ya rebosa

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El pasado 24 de enero el Gobierno anunció una bajada del IVA del 21% al 10% que afecta a pintores, marchantes, fotógrafos, performers, galeristas e incluso a artistas falleros. Bien, muy bien, salvo que en realidad no está tan bien. Por ejemplo, en los primeros meses de aplicación de la subida al 21%, la recaudación de IVA en los teatros españoles sufrió un descenso del 26%, producto de la disminución de más del 30% en el número de espectadores. Algo similar ocurre en el cine, con una destrucción de empleo y de actividad económica calculada en torno al 20% y un empobrecimiento de la actividad cultural en nuestro país. Cada vez son más las distribuidoras que se niegan a estrenar en España alegando que las condiciones que imperan la convierten en un mercado nada atractivo.

Pero afortunadamente el Gobierno ha decidido retractarse de su metedura de pata y volver a dejar el IVA en unos niveles razonables; aun por encima de otros países europeos, pero razonables. O eso es lo que parece, porque por el momento el único IVA que baja es el del arte. ¿Y esto? ¿Cómo y en qué nos afecta? Pues me temo que muy poco. La mayoría de nosotros, la mayoría de los ciudadanos de a pie, no somos clientes del arte. No compramos más obras de arte que los cuadros o figuras que podemos adquirir en tiendas de decoración, ni por supuesto invertimos en pinturas, esculturas u otro tipo de productos artísticos. En mi caso particular, como valenciano que soy, puede que note alguna mejoría en los monumentos que se quemaran en las calles de Valencia el próximo año (los de este año deben estar ya finalizados, a estas alturas). Entonces, ¿a quien beneficia? Pues a los de siempre, a quienes tienen poder y dinero para gastar, negociar o invertir en arte; a los ricos y pudientes adinerados que, una vez más, se ven beneficiados por las medidas de este Gobierno que se ha propuesto machacar a la clase trabajadora de este país, con el fin de que unos cuantos puedan vivir cada vez mejor, aún en estos años de crisis. A una clase social carente de escrúpulos que todavía ve escasa su riqueza y quiere más y más, importando muy poco que ese beneficio salga de nuestros bolsillos, del tuyo y del mío. ¿Y a nosotros? No, a nosotros no nos beneficia en nada. Esperemos que a esta bajada sigan bajadas similares en otros sectores, como el cine o el teatro, que sí nos puede beneficiar. Pero visto el curso de los acontecimientos y lo poco que importa a este Gobierno la clase trabajadora no creeré en esta medida hasta que no la vea con mis propios ojos. No será la primera vez que nos engañan miserablemente. Ni será, por desgracia, la última.

Motivos

Hoy me he hecho suscriptor (o socio, como indican en el sitio) del periódico digital eldiario.es. Bueno, pues muy bien, diréis. En otras circunstancias esto no tendría, no debería tener, la menor trascendencia. Y desde luego ni se me ocurriría proclamar a los cuatro vientos este hecho. Pero es que las circunstancias no son, ni mucho menos, normales. Estoy cansado de ver noticias sobre nuevos  casos de corrupción, de abusos de poder, de enriquecimiento ilícito, de tiranía, de opresión, de tantos y tantos desmanes que cometen quienes detentan el poder, alguna clase de poder, ya sea político, económico, social o de cualquier otro tipo. Estoy cansado, muy cansado. Pero más que cansado estoy sorprendido de que hayamos llegado al extremo de que parece que nos dé igual. Sí, es cierto que nos quejamos entre amigos, en conversaciones en la oficina, en la calle… Pero a la hora de la verdad, nada de nada: los corruptos, sinvergüenzas, tiranos y demás especies de gentuza siguen ahí, aprovechándose de nosotros mientras sin ningún rubor y con enormes dosis de cinismo acusan a “los otros” de ser los malos.

Mi mujer dice que no quiere ver las noticias porque le asquea todo lo que se ve; a mí también me asquea, pero a pesar de todo quiero estar enterado de lo que ocurre. Y aquí es donde entra en juego eldiario.es; no espero ningún milagro, pero hasta el momento me han demostrado que no se arredran ante nada, que no ceden a presiones, que no piensan callarse y que están verdaderamente comprometidos con la búsqueda de la verdad, y con ser azote de quienes están empecinados en abusar de nosotros mientras se ríen en nuestra cara. Por ello he decidido aportar mi grano de arena, mi pequeña colaboración. Y darles mi apoyo, todo mi apoyo.

 

Partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cumbres de la miseria

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Esta frase del gran Groucho Marx define como pocas lo que ahora mismo pienso yo de la raza humana, especialmente de aquella parte que se dedica a la política.

Constantemente me encuentro pensando que no es posible llegar más bajo, pero cada vez tengo que reconocer mi error y asumir que si, sí es posible ser cada vez más ruin y falto de escrúpulos. Hace unas semanas escuchando al Papa Francisco decir que “sólo me viene la palabra vergüenza, es una vergüenza” cuando se refería a la tragedia de Lampedusa, pensaba que no podía estar más de acuerdo con él (¡quien me lo iba a decir a mi!). Cierto, de auténtica vergüenza es dejar morir a cientos, a miles de hombres, mujeres y niños cuyo pecado consiste en haber nacido en el lugar equivocado en el momento más inapropiado. Seres humanos, como tu y como yo, que solo buscan sobrevivir, de la manera más digna posible. Sin necesidad de traspasar nuestras fronteras podemos encontrar ejemplos de estos comportamientos indignos; por ejemplo el caso de la trabajadora que fue despedida por ausentarse de su puesto el día de su desahucio. Premio doble: te quedas sin vivienda y además, sin trabajo. Una auténtica crueldad; es cebarse con el que ya está penado.

Pero de todas las aberraciones que he escuchado u oído últimamente, la peor es, sin ninguna duda, la instalación de una verja de cuchillas en la frontera de Melilla. Ya no se trata de la inacción que propicia la muerte de tantos inmigrantes en las aguas del Mediterráneo, ni de la acción que conlleva consecuencias vejatorias para las personas. Se trata de una acción directa que se sabe a ciencia cierta que tendrá consecuencias desastrosas para quienes intenten saltar la valla. Porque por alta que sea la valla, por afiladas que sean las concertinas (bonito nombre para tan terrible instrumento), por insalvables que puedan parecer los obstáculos que se interpongan, la desesperación de quienes ya no tienen nada que perder, salvo la propia vida, les empujará al intento, con las consecuencias que ya conocemos: cortes, desgarros, terribles heridas que pueden llevar incluso a la muerte. No se puede cercar la miseria y esperar que no llegue hasta nosotros; no podemos seguir con los brazos cruzados mientras todo esto ocurre a nuestro alrededor, a nuestras puertas. Debemos actuar, y pronto; hay que poner remedio a esta situación. Pero, por encima de todo, lo que no debemos consentir de ninguna manera es que se siga actuando para aumentar el sufrimiento de quienes ya han visto sobrepasada su cuota de desgracia.

Partimos de la nada para alcanzar la más alta cota de miseria. Sólo espero que esta sea realmente la más alta y que, en adelante, el camino sea de bajada.

Carrión de los Condes

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Última etapa de este tramo; hasta aquí, por el momento, han llegado nuestros pasos. Donde empezamos tres hemos llegado seis: Virginia, Carmentxu, Lur, Olga, Charo y yo mismo. Esperemos que los seis continuemos el Camino hasta Santiago, nuestro destino.

Con respecto a esta última etapa no hay gran cosa que destacar. Desde Boadilla a Frómista el Camino circulaba paralelo al Canal de Castilla, bordeado del paisaje habitual de la zona: campos y más campos de cereales en diversos estados de su cultivo, desde los que estaban siendo arados hasta los que están cubiertos del verde del cereal joven. En cuanto al tiempo, frío, muy frío, aunque con cielo despejado; por la mañana, antes de salir del albergue, tuve que recoger unos calcetines que había dejado tendidos el día anterior: estaban congelados.

En Frómista quisimos visitar algunas de las iglesias que allí se encuentran, alguna de las cuales aloja verdaderos tesoros en frescos y pinturas. Por desgracia, una vez más, la mayoría estaban cerradas. Como digo no es la primera vez que nos ocurre; en pleno Camino de Santiago, al paso por las poblaciones, las iglesias están cerradas. ¿No deberían estar siempre abiertas para atender no ya al peregrino sino a la población que pueda necesitarlas? Al dejar Frómista y hasta llegar a Carrión de los Condes el Camino circula paralelo a la carretera que une ambas poblaciones. Esta parte del trayecto, unos 19 kilómetros, se hizo pesada; tuvimos viento y frío, un fuerte viento frío proveniente del Norte que hacía incómodo el caminar, tanto por el frío como por la propia fuerza del viento que tendía a sacarnos del camino.

Pero para mi, sin duda, lo peor de la etapa fue la ausencia de Lur, que debido a su estado tuvo que hacer nuevamente el trayecto en transporte. Su rodilla no terminaba de estar repuesta y junto al estado del tiempo hacía recomendable no exponerse a riesgos innecesarios. Te echamos de menos Lur, aunque estuvieras muy presente entre todos nosotros.

Y por fin llegamos a Carrión de los Condes. Allí, en el albergue del Espíritu Santo, las monjas que lo atienden nos acogieron inmejorablemente, dejando que hiciéramos uso de las instalaciones del albergue para comer y asearnos, preparándonos para la vuelta a casa. Desde allí emprendimos la vuelta a casa, en coche todos juntos hasta Madrid; desde allí Lur y yo en autobús hasta Valencia, donde llegamos ya pasada la medianoche.