Vergüenza

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Quien me lo iba a decir a mi: no puedo estar más de acuerdo con el Papa Francisco: “sólo me viene la palabra vergüenza, es una vergüenza”. Lo es, es la mayor vergüenza que puede caer sobre nosotros. Mientras vemos en las noticias los maletines negros de dinero negro que circulan alrededor de Carlos Fabra, que nuestro presidente se hace la foto en Fukushima para subir enteros (por cierto mientras se estaba produciendo una nueva fuga radioactiva)

 

Aunque no lo parezca, soy nórdico

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Siento especial predilección por los países nórdicos. Para mi, donde pueda disfrutar de un paisaje dominado por cumbres heladas, bosques de coníferas que se extienden hasta donde alcanza la vista, con la nieve extendiendo su manto blanco sobre campos y ciudades, pueden quitarse todas las playas del caribe, con todo su sol. Es cuestión de gustos, que duda cabe.

Pero no se trata solo de paisajes, no: admiro a su gente. Admiro su rectitud, su honradez, su sinceridad, su generosidad. Admiro la forma en la que viven su vida, trabajando para ellos y por el bien de su comunidad, enfrentando los problemas con sinceridad y valentía, buscando siempre la mejor solución. Y aunque no es oro todo lo que reluce y algunos factores como los elevados índices de  suicidio parecen indicar que la vida en el norte no es tan fácil como aparenta, estoy convencido de que si aprendiéramos un poco de ellos, nos iría mucho mejor.

Todo esto viene a cuento de un artículo que he leído hoy en eldiario.es. El artículo, que trata sobre una serie de televisión, proporciona una serie de datos muy interesantes sobre el puente de Oresund, una impresionante obra de ingeniería que une las poblaciones de Copenhague, la capital danesa, y Malmö, en Suecia. Un puente de 16 kilómetros sobre el bravío mar Báltico que necesita de una isla artificial de 4 kilómetros de longitud para soportar su infraestructura frente al embate de los fuertes vientos de la zona. Un puente que fue necesario soterrar en parte bajo las aguas del estrecho por la complicación de mantener toda la estructura por encima del mar. Una obra auténticamente faraónica, que difícilmente hubiera podido ser construida en otro sitio. En España, por ejemplo, no sería posible construir un puente similar en el estrecho de Gibraltar, con independencia de las diferencias que pueda haber entre ambos estrechos. Al menos no sería posible construirlo en las condiciones en las que se construyó el puente de Oresund, o sea, cumpliendo los plazos previstos y ajustándose al presupuesto. Aquí, una obra de esas características sería una fuente inagotable de fondos que serviría para que una cohorte de politicastros, constructores y contratistas sin escrúpulos se llenaran los bolsillos a nuestra costa, provocando que el puente viera su coste multiplicado varias veces y que los plazos de obra se vieran ampliados una y otra vez, hasta el escándalo. Para ilustrar esta afirmación podemos encontrar múltiples ejemplos, aunque por no extenderme citaré el caso del Palau de les Arts de Valencia, que casi quintuplicó su presupuesto, de 109 millones a casi 500. En su conjunto, debido a deficiencias, fallos y errores de diseño y ejecución, la Ciudad de las Artes y las Ciencias tiene un sobrecoste evaluado en más de 600 millones de euros. Presupuestada inicialmente en 331 millones, se han gastado ya más de 1.300, cuadruplicando su coste.

El por qué de la imposibilidad de llevar a cabo una obra de estas características en España está claro; lo que quizá no esté tan claro son los motivos por los que fueron capaces los suecos y daneses de finalizar con éxito el puente. La respuesta es tremendamente simple: tenían una necesidad y se propusieron poner remedio. Así de sencillo; sin anteponer motivos partidistas ni electoralistas, sin ánimo de lucro, sin intención de entorpecer u obstaculizar el trabajo de quienes no son de su color. Simplemente se propusieron construirlo, y lo hicieron. Por eso me gustan los países nórdicos. Por eso, aunque no sea alto, rubio y de ojos azules, me considero nórdico; nórdico nacido por accidente en España.

 

Maletines y Suiza

 

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Los suizos han aprobado en referéndum restaurar las cuotas de inmigración, o lo que es lo mismo, limitar el número de emigrantes que podrán entrar en el país. Estas cuotas serán aplicables a todos los países, incluyendo a los ciudadanos de la Unión Europea.

Y yo me pregunto, ¿limitará también la entrada de maletines desde estos mismos países o las cuentas que sus habitantes puedan abrir?

Otra gota de agua que colma el vaso, que ya rebosa

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El pasado 24 de enero el Gobierno anunció una bajada del IVA del 21% al 10% que afecta a pintores, marchantes, fotógrafos, performers, galeristas e incluso a artistas falleros. Bien, muy bien, salvo que en realidad no está tan bien. Por ejemplo, en los primeros meses de aplicación de la subida al 21%, la recaudación de IVA en los teatros españoles sufrió un descenso del 26%, producto de la disminución de más del 30% en el número de espectadores. Algo similar ocurre en el cine, con una destrucción de empleo y de actividad económica calculada en torno al 20% y un empobrecimiento de la actividad cultural en nuestro país. Cada vez son más las distribuidoras que se niegan a estrenar en España alegando que las condiciones que imperan la convierten en un mercado nada atractivo.

Pero afortunadamente el Gobierno ha decidido retractarse de su metedura de pata y volver a dejar el IVA en unos niveles razonables; aun por encima de otros países europeos, pero razonables. O eso es lo que parece, porque por el momento el único IVA que baja es el del arte. ¿Y esto? ¿Cómo y en qué nos afecta? Pues me temo que muy poco. La mayoría de nosotros, la mayoría de los ciudadanos de a pie, no somos clientes del arte. No compramos más obras de arte que los cuadros o figuras que podemos adquirir en tiendas de decoración, ni por supuesto invertimos en pinturas, esculturas u otro tipo de productos artísticos. En mi caso particular, como valenciano que soy, puede que note alguna mejoría en los monumentos que se quemaran en las calles de Valencia el próximo año (los de este año deben estar ya finalizados, a estas alturas). Entonces, ¿a quien beneficia? Pues a los de siempre, a quienes tienen poder y dinero para gastar, negociar o invertir en arte; a los ricos y pudientes adinerados que, una vez más, se ven beneficiados por las medidas de este Gobierno que se ha propuesto machacar a la clase trabajadora de este país, con el fin de que unos cuantos puedan vivir cada vez mejor, aún en estos años de crisis. A una clase social carente de escrúpulos que todavía ve escasa su riqueza y quiere más y más, importando muy poco que ese beneficio salga de nuestros bolsillos, del tuyo y del mío. ¿Y a nosotros? No, a nosotros no nos beneficia en nada. Esperemos que a esta bajada sigan bajadas similares en otros sectores, como el cine o el teatro, que sí nos puede beneficiar. Pero visto el curso de los acontecimientos y lo poco que importa a este Gobierno la clase trabajadora no creeré en esta medida hasta que no la vea con mis propios ojos. No será la primera vez que nos engañan miserablemente. Ni será, por desgracia, la última.

Partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cumbres de la miseria

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Esta frase del gran Groucho Marx define como pocas lo que ahora mismo pienso yo de la raza humana, especialmente de aquella parte que se dedica a la política.

Constantemente me encuentro pensando que no es posible llegar más bajo, pero cada vez tengo que reconocer mi error y asumir que si, sí es posible ser cada vez más ruin y falto de escrúpulos. Hace unas semanas escuchando al Papa Francisco decir que “sólo me viene la palabra vergüenza, es una vergüenza” cuando se refería a la tragedia de Lampedusa, pensaba que no podía estar más de acuerdo con él (¡quien me lo iba a decir a mi!). Cierto, de auténtica vergüenza es dejar morir a cientos, a miles de hombres, mujeres y niños cuyo pecado consiste en haber nacido en el lugar equivocado en el momento más inapropiado. Seres humanos, como tu y como yo, que solo buscan sobrevivir, de la manera más digna posible. Sin necesidad de traspasar nuestras fronteras podemos encontrar ejemplos de estos comportamientos indignos; por ejemplo el caso de la trabajadora que fue despedida por ausentarse de su puesto el día de su desahucio. Premio doble: te quedas sin vivienda y además, sin trabajo. Una auténtica crueldad; es cebarse con el que ya está penado.

Pero de todas las aberraciones que he escuchado u oído últimamente, la peor es, sin ninguna duda, la instalación de una verja de cuchillas en la frontera de Melilla. Ya no se trata de la inacción que propicia la muerte de tantos inmigrantes en las aguas del Mediterráneo, ni de la acción que conlleva consecuencias vejatorias para las personas. Se trata de una acción directa que se sabe a ciencia cierta que tendrá consecuencias desastrosas para quienes intenten saltar la valla. Porque por alta que sea la valla, por afiladas que sean las concertinas (bonito nombre para tan terrible instrumento), por insalvables que puedan parecer los obstáculos que se interpongan, la desesperación de quienes ya no tienen nada que perder, salvo la propia vida, les empujará al intento, con las consecuencias que ya conocemos: cortes, desgarros, terribles heridas que pueden llevar incluso a la muerte. No se puede cercar la miseria y esperar que no llegue hasta nosotros; no podemos seguir con los brazos cruzados mientras todo esto ocurre a nuestro alrededor, a nuestras puertas. Debemos actuar, y pronto; hay que poner remedio a esta situación. Pero, por encima de todo, lo que no debemos consentir de ninguna manera es que se siga actuando para aumentar el sufrimiento de quienes ya han visto sobrepasada su cuota de desgracia.

Partimos de la nada para alcanzar la más alta cota de miseria. Sólo espero que esta sea realmente la más alta y que, en adelante, el camino sea de bajada.