Aunque no lo parezca, soy nórdico

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Siento especial predilección por los países nórdicos. Para mi, donde pueda disfrutar de un paisaje dominado por cumbres heladas, bosques de coníferas que se extienden hasta donde alcanza la vista, con la nieve extendiendo su manto blanco sobre campos y ciudades, pueden quitarse todas las playas del caribe, con todo su sol. Es cuestión de gustos, que duda cabe.

Pero no se trata solo de paisajes, no: admiro a su gente. Admiro su rectitud, su honradez, su sinceridad, su generosidad. Admiro la forma en la que viven su vida, trabajando para ellos y por el bien de su comunidad, enfrentando los problemas con sinceridad y valentía, buscando siempre la mejor solución. Y aunque no es oro todo lo que reluce y algunos factores como los elevados índices de  suicidio parecen indicar que la vida en el norte no es tan fácil como aparenta, estoy convencido de que si aprendiéramos un poco de ellos, nos iría mucho mejor.

Todo esto viene a cuento de un artículo que he leído hoy en eldiario.es. El artículo, que trata sobre una serie de televisión, proporciona una serie de datos muy interesantes sobre el puente de Oresund, una impresionante obra de ingeniería que une las poblaciones de Copenhague, la capital danesa, y Malmö, en Suecia. Un puente de 16 kilómetros sobre el bravío mar Báltico que necesita de una isla artificial de 4 kilómetros de longitud para soportar su infraestructura frente al embate de los fuertes vientos de la zona. Un puente que fue necesario soterrar en parte bajo las aguas del estrecho por la complicación de mantener toda la estructura por encima del mar. Una obra auténticamente faraónica, que difícilmente hubiera podido ser construida en otro sitio. En España, por ejemplo, no sería posible construir un puente similar en el estrecho de Gibraltar, con independencia de las diferencias que pueda haber entre ambos estrechos. Al menos no sería posible construirlo en las condiciones en las que se construyó el puente de Oresund, o sea, cumpliendo los plazos previstos y ajustándose al presupuesto. Aquí, una obra de esas características sería una fuente inagotable de fondos que serviría para que una cohorte de politicastros, constructores y contratistas sin escrúpulos se llenaran los bolsillos a nuestra costa, provocando que el puente viera su coste multiplicado varias veces y que los plazos de obra se vieran ampliados una y otra vez, hasta el escándalo. Para ilustrar esta afirmación podemos encontrar múltiples ejemplos, aunque por no extenderme citaré el caso del Palau de les Arts de Valencia, que casi quintuplicó su presupuesto, de 109 millones a casi 500. En su conjunto, debido a deficiencias, fallos y errores de diseño y ejecución, la Ciudad de las Artes y las Ciencias tiene un sobrecoste evaluado en más de 600 millones de euros. Presupuestada inicialmente en 331 millones, se han gastado ya más de 1.300, cuadruplicando su coste.

El por qué de la imposibilidad de llevar a cabo una obra de estas características en España está claro; lo que quizá no esté tan claro son los motivos por los que fueron capaces los suecos y daneses de finalizar con éxito el puente. La respuesta es tremendamente simple: tenían una necesidad y se propusieron poner remedio. Así de sencillo; sin anteponer motivos partidistas ni electoralistas, sin ánimo de lucro, sin intención de entorpecer u obstaculizar el trabajo de quienes no son de su color. Simplemente se propusieron construirlo, y lo hicieron. Por eso me gustan los países nórdicos. Por eso, aunque no sea alto, rubio y de ojos azules, me considero nórdico; nórdico nacido por accidente en España.

 

Maletines y Suiza

 

Maletín-money

Los suizos han aprobado en referéndum restaurar las cuotas de inmigración, o lo que es lo mismo, limitar el número de emigrantes que podrán entrar en el país. Estas cuotas serán aplicables a todos los países, incluyendo a los ciudadanos de la Unión Europea.

Y yo me pregunto, ¿limitará también la entrada de maletines desde estos mismos países o las cuentas que sus habitantes puedan abrir?