Ponferrada

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Por fin, llegamos a Ponferrada. Puesto que teníamos previsto el regreso para hoy mismo dejamos para el final una etapa corta, para no hacer muy pesado el día y permitirnos llegar con el suficiente tiempo como para evitar sustos, así como para poder asearnos y descansar y comer algo antes de emprender el viaje de vuelta.
Desde El Acebo apenas 16 kilómetros; la primera parte del camino, hasta Molinaseca, más lenta, por la lluvia y el terreno en bajada, en ocasiones con una pendiente considerable. La segunda parte ya a paso más rápido, con tiempo que mejora a medida que nos acercamos a Ponferrada.
Al llegar, nos invade una sensación agridulce; la alegría del camino superado se une a la tristeza del final. Una canción que cantábamos al finalizar las acampadas en los scouts Dice que “no es más que un hasta luego, no es más que un breve adiós, muy pronto junto al fuego nos reuniremos”. A pesar de esto, a pesar de que todavía no hemos finalizado nuestra experiencia y de que aún tenemos pediente el tramo que nos llevará a Santiago, sentimos que hemos llegado al final de algo. Los sentimientos se mezclan y las emociones brotan; algunas lágrimas en los ojos de mis compañeras, y si alguien se hubiera fijado en los míos, quizá también hubiera encontrado alguna.
Ya estamos más cerca del final. Como en otras ocasiones hacemos planes para continuar; la primavera próxima parece una buena ocasión, acordamos. Habrá que ir haciendo planes y reservando días de vacaciones. Como en otras ocasiones lo más complicado parece cuadrar los calendarios de todos, pero esta vez hay algo más, algo que podría ocasionar que no pudiéramos emprender la marcha todos juntos. Esperemos que esto no ocurra y que podamos terminar tal y como empezamos, juntos.

 

El Acebo

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Para mi, sin ninguna otra duda, esta ha sido la  mejor etapa de éste tramo. 28 kilómetros según nuestra guía, aunque posteriormente en el albergue nos dijeron que desde Santa Catalina hemos andado más de 30. Pero a excepción de los dos últimos, de bajada por una pendiente llena de piedras que terminan de fatigar unas piernas que ya están cansadas, a excepción de estos últimos digo, los hemos disfrutado como pocos.
No importa que hayamos tenido que ascender hasta la Cruz de Ferro, a más de 1.100 metros de altitud; la subida no resulta tan dura como nos la habían pintado. Transitar por estos montes por los que apenas circula alguna carretera comarcal resulta un verdadero bálsamo para los sentidos, y también para el espíritu. Pueblecillos de apenas unas pocas casas (la mitad de las cuales son albergues, mesones o tiendas para el peregrino), caminos que transcurren entre bosques de robles y encinas y la temperatura que se mantiene fresca, resultan ideales para caminar, para poder disfrutar de cada paso y sumergirse en meditaciones,cada uno las suyas, que es lo que de alguna manera buscamos cuando decidimos emprender el Camino.

La N-120

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Poco se puede decir de la etapa de hoy. Aunque no haya sido igual para todos, para  mi ha sido verdaderamente insoportable. Pero no por dura, ni por larga, sino por haber tenido que andar casi constantemente junto a la carretera nacional 120, en ocasiones separados de la misma por apenas un par de metros. El continuo paso de vehículos de todo tipo circulando a buena velocidad, ha llegado a resultarme muy molesto. No veía el momento de llegar al albergue.
Menos mal que al llegar a nuestro destino en Hospital de Órbigo nos hemos encontrado con una grata sorpresa. Antes de entrar en el pueblo pasamos por Puente de Órbigo, separado de Hospital de Órbigo por un impresionante puente sobre éste río. Junto a su cauce observamos sobre una explanada de césped unas construcciones de madera que Carmenxu encuentra idóneas para la celebración de las antiguas justas de caballeros caballeros. No podía estar más acertada: más tarde, en el albergue, encontramos fotografías que reflejan la celebración de unos festejos en los que se reviven aquellas justas, precisamente en la explanada.
Mención especial para el albergue de San Miguel, que sin ser de los que cuentan con mejores instalaciones está bien aseado y cuenta con una decoración muy particular a base de pinturas hechas por los peregrinos que por allí han ido pasando.
Mañana por fin dejaremos las planicies castellanas. Nos vamos acercando a los montes de León, que nos introducirán en las próximas etapas en Galicia.

León

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Llegamos a León. Etapa corta, de unos 19 kilómetros, por lo que apenas a la una de la tarde estábamos ya en el albergue. Para acortar la etapa siguiente habíamos decidido pernoctar en la Virgen del Camino, a unos 7 kilómetros pasado León, donde deberíamos llegar por la tarde después de visitar la ciudad, pero la hospitalera del albergue de Puente Villarente nos recomendó que fuéramos directamente al albergue, a donde se podía llegar sin necesidad de entrar en León, acortando la ruta un kilómetro o así. Una vez aseados podíamos ir a León en autobús, que pasaba cada 15 minutos. Y así lo hicimos; cuando ya llevábamos un buen rato en la parada, preguntamos en un bar cercano y así nos llevamos la primera sorpresa de una tarde pródiga en disgustos: de cada 15 minutos nada, pasaban cada 2 horas. Había pasado a las 14:30 y hasta las 16:30 nada que hacer. Entonces decidimos que podríamos llamar a un taxi de los que hacen servicios para peregrinos y así no tener que esperar tanto tiempo. Unos minutos después aparece el taxi y nos llevamos la segunda sorpresa: es un vehículo normal, de los de 5 plazas (nosotros somos 5). Dijimos al buen hombre que habíamos pedido un taxi con capacidad para 5 pasajeros, a lo que nos contestó que en León no había taxis de esa clase, pero que no había problema porque uno de nosotros podía ir en el maletero. Dicho y hecho, el buen señor abre el maletero y allá que va Charo y se mete dentro. A mi se me salían los ojos de las órbitas, no podía creer lo que estaba ocurriendo. Por no decir algo más fuerte le pregunté al taxista si aquello iba en serio, porque pensaba que me diría que por supuesto que no, que era una broma y que no podía ser, que tendríamos que ir en dos taxis o buscar otro transporte. Pero nada de eso, aquella animalada iba totalmente en serio. Ahí ya no me pude callar, tuve que decir que aquello era una majadería y que desde luego así no íbamos a hacer el viaje. Vamos, ni loco. Así que nos replanteamos la situación y por fin decidimos comer algo allí y tomar el autobús de las 16:30.
Por fin llegamos a León. Después de asegurarnos de dónde y cuando coger el autobús de vuelta, comenzamos a caminar hacia la Catedral, sin dejar de admirar a nuestro paso algunas joyas arquitectónicas como el edificio Botines, de Gaudi, o la Diputación. Al llegar a la plaza de la Catedral no queda más remedio que quedarse absorto contemplando tan magnífico monumento, pensando en cuanto tiempo y cuantas historias habrán vivido aquellas piedras y admirando el valor de quienes disponiendo de tan escasa tecnología fueron capaces de levantar tan majestuosas obras. Y entonces, la tercera y última (por suerte) sorpresa de la tarde: justo cuando llegamos a la puerta del recinto nos advierten que van a cerrarlo porque van a celebrar una boda y no admiten visitas. Nos quedamos tan de piedra como la propia Catedral, no podemos creer que tengamos tan mala suerte. Y no sólo nosotros, sino cantidad de peregrinos que, como nosotros, llevan muchos kilómetros a cuestas esperando llegar a León para disfrutar de este momento. Pero este momento se ha visto completamente malogrado por la cortedad de miras y el egoísmo de la clase política y eclesiástica. Una vez más tanto unos como otros demuestran estar a años luz del pueblo y mirar exclusivamente por sus propios intereses. Así les vaya.

¡Dios mío! ¡No siento las piernas!

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Llevamos más de ochenta kilómetros en tres días. Si el primer primer día de camino fue duro, el segundo lo fue todavía más. Otros casi 30 kilómetros por campos despejados, con apenas unos arbolillos a la vera del camino en algunos tramos, que daban un poquito de sombra a intervalos. Y el calor, más calor de lo que imaginábamos que tendríamos, el calor que hace que andar kilómetro tras kilómetro con la mochila a cuestas sea todavía más pesado.
Pero por suerte, como ha ocurrido en varias ocasiones, hubo una de cal y otra de arena: al llegar al albergue de La Laguna en El Burgo Ranero, Vincenzo el hospitalero nos dijo que fuéramos primero a lavarnos y cambiarnos y luego ya hariamos el registro. Inmejorable el trato recibido. En otros sitios deberían aprender a tratar al peregrino (a las personas, en suma), como es el caso del albergue San Bruno por ejemplo.
Hoy la etapa ha sido más llevadera, salvo por los últimos 5 kilómetros, al sol, ya cansados y caminando junto a una carretera con bastante tráfico. Al terminar la etapa hemos retomado una costumbre que parecíamos haber perdido: tomarnos una cerveza bien fría para celebrar el final de la jornada. Después ya vendría el consabido tiempo dedicado al aseo, el lavado de ropa y a la cura de ampollas y músculos sobrecargados.
A lo largo del camino nos vamos encontrando con mucha gente, de todas las clases y orígenes. Hoy nos ha llamado mucho la atención un grupo de peregrinos americanos: un hombre y su hijo venidos desde Austin (Texas) y dos mujeres de California. Los cuatro han venido expresamente desde su tierra para hacer el Camino. También he podido charlar un rato con una chica Eslovaca que iba sola, vamos, todo lo sola que se puede ir aquí. Empezó su andadura en St. Jean Pied de Port hace dos semanas y todavía le quedaban cuatro para completar el viaje hasta Santiago y después Finisterre y Muxia. Sin prisas, a su aire, disfrutando de los sitios en los que le apetece detenerse. Todo un lujo.
Mañana llegamos a León. No conozco  esta ciudad y ya hace tiempo que quería visitarla y conocer su catedral. Hace unos años no hubiera podido imaginar que llegaría en estas condiciones, pero claro, ¿quien puede predecir su futuro?

Tierra de Campos o los contrastes del Camino

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Hemos finalizado la primera etapa de este tramo. Ha sido un día duro, algo más duro de lo que esperábamos, por diversos motivos. La espalda se quejaba por la falta de costumbre de cargar tanto peso y las piernas acusaban el esfuerzo de someterlas al ritmo de de tener que dar un paso tras otro, y éste tras otro más, y otro y otro…  Además ha hecho más calor del esperado, lo cual hace todavía más pesado lo penoso del caminar. Pero, ¿quien se queja de algo que está haciendo por gusto?
Pero lo peor de todo es encontrarte con una desagradable sorpresa al final de una larga y fatigosa jornada. En primer lugar, al llegar a Terradillos la noticia de que sólo quedan dos plazas libres en el albergue, mientras que nosotros somos cinco. Afortunadamente nos han informado de que apenas a dos kilómetros de Terradillos, en Moratinos, hay otro albergue donde seguramente podríamos encontrar sitio. Tras llamar por teléfono y comprobar que sí habían plazas disponibles, nos hemos puesto nuevamente en camino. El albergue en cuestión, regentado por italianos, nos ha acogido con una fuente en la que poner en remojo los pies para poder darles descanso después de la etapa. Parecía que íbamos a tener una buena estancia, pero eso era sólo una ilusión. La primera sorpresa, descubrir que no hay mantas, ni nada que se le parezca, por lo que Virginia y Carmen que viajan apenas con una sábana para prescindir de todo el peso posible tendrán que hacer uso de forros polares y chaquetas para cubrirse y evitar el frío. La segunda sorpresa ha sido encontrarnos a la hora de la cena que no contaban con “los españoles” (casi todos los peregrinos son italianos). Fallo nuestro por no adivinar que debíamos haberlo avisado (y, además, pagado) con anterioridad. ¡Que falta de previsión la nuestra! Pero como no hay mal que por bien no venga, esto nos ha servido para cenar en el restaurante El Castillo, donde nos han tratado inmejorablemente y hemos tomado un menú excelente, por el mismo precio que habríamos pagado en el albergue por un plato de espaguetis.
Nada que ver el trato recibido hoy con el que nos brindaron las monjas del albergue del Espíritu Santo, en Carrión de los Condes. Pese a haber llegado a las 10 de la noche por problemas con el transporte, nos esperaron y nos dieron todo tipo de facilidades para que pudiéramos primero cenar y luego descansar lo mejor posible, y esto por la mitad de lo que nos ha costado el albergue de hoy. Quedamos encantados del trato recibido y profundamente agradecidos con tan maravillosas y abnegadas monjas. Esto me refuerza en la idea que ya he expresado en alguna ocasión de que más que las piedras, el asfalto, los montes y llanos o los kilómetros que van pasando bajo las suelas, el Camino lo conforman las gentes que vas encontrando, que son quienes, de una forma u otra, dan sentido a lo que estamos haciendo.