Los Arcos

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Hoy ya, definitivamente, nos adentramos en los llanos. La primera parte de la etapa, hasta Villamayor de Monjardin, ha sido bastante llevadera. Tiempo fresco, paisaje todavía bastante arbolado y sin grandes pendientes. Alguna parada para reposar unos minutos y reponer fuerzas con pan, queso y algo de fruta. Al pasar por Azqueta no puedo evitar sentir pena al ver el asiento vacío del bueno de Pablito, quien tanto ha hecho por tantos y tantos peregrinos.
La segunda parte de la ruta ha resultado más cansada. Los 12 kilómetros entre Monjardin y Los Arcos, sin fuentes ni apenas una sombra donde poder reponerse y descansar, suponen un buen castigo para nuestras piernas. Aun así nada que ver con la misma etapa de hace tres años, con Virginia y Carmentxu: mientras hoy la hemos andado acompañados de un viento fresco que hacía más llevadero el caminar, en aquel entonces el calor hizo todavía más dura una etapa que ya lo es de por sí. Además, mientras que hoy nos hemos quedado en Los Arcos, en aquella ocasión sumamos 6 kilómetros más a la etapa, para llegar a Torres del Río. La contrapartida es que mañana tendremos que caminar esos 6 kilómetros más, aunque esperamos hacerlos en condiciones más llevaderas.
También hoy hemos visto pasar a los tres ciclistas barbudos, aunque posteriormente no los hemos encontrado en Los Arcos. Quizá hayan continuado hasta Sansol o Torres del Río o incluso más allá. En todo caso, puesto que nosotros nos quedaremos en Logroño, dudo mucho que volvamos a coincidir con ellos. Me quedaré con las ganas de preguntarles por su particular forma de hacer el Camino en bicicleta.

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Estella

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Llegamos a Estella. Una etapa no demasiado larga, unos 22 kilómetros y medio, pero que se ha hecho incómoda en ocasiones por el viento frío que soplaba. Hasta ahora hemos ido cómodos con una simple camiseta, pero hoy, las pocas veces que nos hemos atrevido a quitarnos la chaqueta, hemos tenido que ponerla otra vez al poco rato, más por el viento que por la propia temperatura.
Cada vez se nota más que vamos dejando atrás los montes navarros y que nos adentramos en terreno más llano. Ya van haciendo su aparición los campos de cultivos, en su mayoría ya recogidos, y los viñedos, también despojados de su fruto. Aparecen las primeras bodegas, en las que se preparan los caldos navarros.
Hoy hemos vuelto a ver pasar el trío de ciclistas barbados. Definitivamente se están tomando el camino con mucha calma.

Al llegar a Estella nuestra primera intención ha sido, como hasta ahora, repetir albergue, así que guiado por mi memoria y ayudado por las indicaciones que encontramos nos hemos dirigido al albergue de ANFAS, en donde tan bien nos trataron la última ocasión. Para nuestra sorpresa nos lo hemos encontrado cerrado; ¿quizá no abran en octubre? Fallo mío al no haberlo comprobado previamente, así que nos hemos dirigido hacia el más próximo, el albergue Parroquial. Puesto que sí habían plazas disponibles decidimos quedarnos, a pesar de que nos informan de que disponen de habitaciones separadas para chicos y chicas. Me parece un tanto anacrónico, pero no nos preocupa demasiado porque en todo caso ni buscamos ni íbamos a disponer de intimidad. El hospitalero que en principio nos atiende me resulta conocido y así se lo digo. Resulta ser de Valencia y nos indica que posiblemente nos hayamos encontrado en alguna asociación de amigos del Camino; efectivamente así fue, y de hecho recuerdo que fue él quien nos atendió la última vez, cuando fuimos a por las credenciales para este tramo, lo cual confirma al reconocer su letra. El mundo es un pañuelo; y Valencia un moco, que diría mi amiga Marisol.

Esta noche Lur y yo hemos decidido darnos un pequeño homenaje gastronómico y hemos ido a cenar a un asador. Lur escoge de primero arroz negro y yo me decanto por un plato de pochas con guindillas; de segundo coincidimos con la chuleta de cerdo a la brasa. Para postre, Lur prefiere tarta, mientras que yo sin dudar (lo tenía muy claro desde que lo vi en el cartel del menú)  pido una típica cuajada de la zona, con ese sabor ahumado tan peculiar. Tod acompañado con una botella de sidra; no ha estado nada mal.

Puente la Reina

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Desde Pamplona a Puente la Reina. 25 kilómetros que han dejado nuestras piernas doloridas y nuestros pies lastimados y con necesidad de alguna cura. Además de la distancia, buena parte de la culpa la tiene el Alto del Perdón, pero no por la subida, bastante menos dura de lo que parece, sino por la bajada: una larga y sinuosa pendiente cubierta enteramente de piedras. Una pendiente que parece no tener fin y que es de lo peor para las piernas y los pies. Al fin el resultado es el que cabría esperar y ni nos hemos movido del albergue, para tener unas horas de descanso y recuperación. Mañana, al salir, habrá tiempo de ver el pueblo y, como no, el magnífico puente que da nombre a la población.
En el albergue hemos encontrado un grupo de chicos que nos llaman tremendamente la atención: tres chicos que van haciendo el Camino en bicicleta. Vale, como tantos otros, ¿no? Pues no, van en bicicleta pero a ritmo de a pie. Los vimos por primera vez saliendo de Roncesvalles; uno de ellos había tenido un problema mecánico y más tarde vimos como iba remolcado por otro de ellos. Los volvimos a ver en Zubiri, donde supusimos que se detuvieron para reparar la bicicleta averiada. Al día siguiente, a media mañana, nos alcanzaron donde nos habíamos parado a descansar unos minutos, y pensamos que ya no los volveríamos a ver. Estábamos muy equivocados: los vimos en Pamplona, ¡en el mismo albergue en que estábamos! Y ya la sorpresa ha sido mayúscula cuando esta mañana, cuando llevábamos más de media etapa caminada, los hemos visto pasar. Y, ¿lo adivinas? Están aquí, en Puente la Reina, en el mismo albergue que nosotros. Curioso trío.
También hemos visto al australiano, aunque estábamos cenando y el no nos ha visto. Quizá mañana coincidamos en el camino.
Mañana a Estrella, prólogo de una de las etapas más duras de este tramo, la que atraviesa el páramo que lleva a Los Arcos.

Pamplona

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Ayer no escribí sobre Zubiri, que es donde hemos pasado la noche. Pero no fue, como me ha ocurrido en otras ocasiones, por cansancio. Realmente escribí, pero lo hice sobre Roncesvalles, que es donde habíamos llegado el día de antes. Y no porque no haya nada que decir sobre esta etapa, sino porque quería hablar sobre Roncesvalles, sobre la etapa que quería repetir para poder disfrutar de los paisajes que hace tres años la niebla me negó.

Hoy hemos llegado a Pamplona, tercera etapa del Camino. Una etapa muy parecida a la de ayer: similares distancias (en torno a los 20 kilómetros), similares paisajes, parecidas sensaciones. La de ayer con un final un poco más incómodo, por la bajada hasta Zubiri; hoy nos lo hemos tomado con un poco más de calma, haciendo alguna parada más y un poco más prolongadas. Aun así los kilómetros finales pesan en las piernas y en las espaldas y hacen que sintamos ganas de llegar por fin al destino.

Las predicciones meteorológicas no eran muy buenas, y la probabilidad de lluvias bastante grande. Afortunadamente la lluvia no ha llegado hasta la tarde, cuando ya habíamos llegado a Pamplona y estábamos a cubierto. Pero no podemos descartar, por las fechas en que estamos, que tengamos que hacer alguna etapa, al menos en parte, con lluvia. Por el momento estamos siendo muy afortunados con el tiempo. Toquemos madera y esperemos que siga así.

Roncesvalles

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En Camino otra vez. Después de superar unas cuantas dificultades por fin hemos conseguido volver a ponernos en marcha, aunque en mi caso sea para repetir. Mi muy querida Lur se apuntó al Camino Francés cuando Virginia, Carmentxu y yo ya  habíamos andado el primer tramo, desde Saint Jean Pied de Port hasta Logroño. Este año tendríamos que haber hecho el último tramo, desde Ponferrada hasta Santiago, pero por diversas circunstancias no ha sido posible. Así que Lur y yo decidimos que podíamos hacer ese primer tramo, ella para poder tener el Camino completo cuando el año que viene terminemos y yo… porque cualquier excusa es buena para calzarse las botas y echarse a caminar. Bueno, y también por otro motivo: cuando hace tres años hicimos Virginia, Carmentxu y yo la primera etapa, desde Saint Jean hasta Roncesvalles, tuvimos la mala suerte de hacerla con una intensa niebla que nos impidió disfrutar de los paisajes de los que habíamos oído hablar y que motivaron que iniciáramos el Camino desde Saint Jean, en vez de hacerlo desde Roncesvalles. Así que me pareció una muy buena oportunidad de repetir la etapa.
Y la suerte nos acompañó en esta ocasión. Disfrutamos de un tiempo idóneo para la marcha: despejado en su mayoría, aunque a veces alguna nube cubría el sol, con un viento fresco que facilita mucho el andar, especialmente cuando tienes que hacerlo cuesta arriba y con 9 kilos a la espalda, además de los propios. Pero esto no quita el hecho de que sea una etapa dura: subir desde los aproximadamente 200 metros de Saint Jean hasta casi 1.400, para luego bajar a los 800 de Roncesvalles resulta un auténtico rompe piernas, haga mal o buen tiempo. En esta ocasión para la bajada optamos por la variante suave, que tampoco es que sea un paseo dominical, pero es bastante más llevadera que la bajada original, kilómetros y kilómetros de fuertes pendientes que resultan completamente agotadoras.
Y así, tras algo más de 7 horas de marcha, llegamos a Roncesvalles. En su día me admiró el albergue, y en esta ocasión ha vuelto a hacerlo. Su ubicación, en el impresionante edificio de la Colegiata, y lo bien organizado y conservado de de sus instalaciones hacen que la estancia sea una auténtica maravilla.
A la hora de la cena compartimos mesa con un Australiano cuyo nombre no recuerdo (la verdad es que ni lo llegué a entender, por el fuerte acento del inglés hablado en Australia). Nos contó parte de su vida y de como conoció a su partner española, motivo por el cual él está ahora en España. Nos habló de las rutas que el hacía en su tierra, de varios cientos de kilómetros y con mochila de hasta 20 kilos. En algunos parajes hay que llevar hasta 6 litros de agua, por la imposibilidad de encontrarla en el camino. Ahora está retirado, y se dedica a viajar de un sitio a otro, para estar con su familia, desperdigada por distintos puntos de Australia y España. De mayor quiero ser como él.

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