Camino Primitivo. Tercera parte (y última)

3 de mayo, etapa 11. Sobrado dos Monxes a O Pedrouzo

Carretera hacia Lavacolla

Uno de mis vecinos de litera resulta ser un experto roncador y para mi desgracia esta vez olvidé traer tapones para los oídos. Intento no prestar atención y abstraerme pero me cuesta dormir; improviso unos tapones con un pañuelo de papel, pero no son tan efectivos, así que no consigo descansar mucho esta noche.

Siguiendo mi rutina me levanto a las 6:00 h, desayuno en el el albergue y me pongo en camino cuando empieza a clarear. El Camino del Norte está bastante mejor trazado y señalizado que las dos etapas de la variante que caminé en las dos jornadas previas; además ya han quedado atrás las montañas, así que se camina bastante mejor, con suelo firme y seco y sin tanta subida y bajada. Pese a ser un camino más transitado, como he salido pronto voy solo.

Tras unos 13 Km de marcha llego a Boimorto, al punto en el que nuevamente se bifurca el camino. Allí hay un cartel en el que se reflejan las dos alternativas posibles: seguir el camino tradicional, hacia Arzúa, con lo que quedarían 47 Km hasta Santiago, o tomar el desvío hacia Lavacolla, con 40 Km de recorrido. Aunque ya estoy decidido, me tomo unos minutos para estudiar el plano, más por curiosidad que por necesidad. Soy consciente de que esta alternativa transcurre en buena parte por carretera a través de zonas más despobladas, pero mi intención es clara: quiero llegar a Pedrouzo hoy y tomando esta variante me ahorro unos kilómetros y me incorporo más tarde al camino Francés.

La carretera está muy poco transitada; circula flanqueada por prados y bosques de pinos y eucaliptos que dan buena sombra, hace fresco y se camina bien. Pero esta mañana he cometido un error que más tarde me pondrá en una situación incómoda: por aligerar un poco la mochila solo he llenado la cantimplora a medias y conforme voy avanzando kilómetros mi reserva de agua va disminuyendo.

En torno al Km 20, después de dejar atrás una explotación agraria que más tarde me enteraré que es propiedad de Florentino Pérez, llego a la Ermida da Mota. Una preciosa ermita rodeada de una magnífica carballeira (bosque de robles). Junto a la carretera hay un coche detenido; su conductor, fuera del mismo, está hablando con el de un camión que está parado en la carretera. Mientras me acerco al lugar en el que se encuentran, el camión emprende la marcha y el hombre del coche, Juan, se acerca a mi y entablamos conversación. Es de la zona, aunque actualmente vive en Ferrol, y me cuenta la historia de la ermita y sobre las tres romerías que se celebran al año, incluyendo la Romaria do Demo (del diablo). Me cuenta también que los robles que la rodean fueron plantados por los lugareños, uno por cada hijo que se fue a la mili. Y justo aquí cometo mi segundo error: aunque Juan me habla de la fuente que hay cerca de la ermita, estoy tan enfrascado escuchando sus explicaciones que no caigo en rellenar la cantimplora.

Ermida da Mota

Al llegar a Goimil alcanzo el punto donde tengo que dejar el camino señalizado y tomar el desvío que me permitirá llegar hasta Santa Irene, ya en el camino Francés, y de ahí a Pedrouzo. Puesto que ya llevo caminados unos 23 kilómetros decido que es un buen momento para descansar un poco y comer algo. En el cruce hay algunas casas y un bar, pero está cerrado, así que me siento al sol en un banco de piedra y como algo de lo que llevo en la mochila. Me queda muy poca agua, espero encontrar alguna fuente.

Continúo caminando; tomo hacia la izquierda y luego a la derecha otra vez y me incorporo a una carretera de menor orden, ya sin nada de tráfico y que atraviesa zonas todavía menos pobladas. Ahora estoy fuera del camino y ya no hay señales, así que me guío con la ayuda del track grabado en el reloj y de vez en cuando echando una ojeada al móvil, a la aplicación OruxMaps. El sol aprieta un poco y empieza a hacer algo de calor. Al principio atravieso zonas arboladas, que me proporcionan frescura, pero poco a poco el paisaje va cambiando y los campos de cultivo sustituyen a los bosques. Al llegar a A Fraga me encuentro con una autovía en construcción. Hay un paso sobre la misma que me lleva al otro lado, pero tardo unos minutos en recuperar la ruta, ya que hay varias pistas conectadas; tengo que retroceder un par de veces hasta que doy con el camino correcto. Me he puesto un poco nervioso, pero poco a poco me tranquilizo al comprobar que el camino que sigo coincide con la ruta guardada.

Dos kilómetros más adelante, en un grupo de casas a la altura de O Cabo, cuando me deben faltar unos 10 Km para llegar a Pedrouzo, busco algún sitio donde poder rellenar la cantimplora. No veo ninguna fuente, así que opto por buscar alguna vivienda habitada y preguntar. En un huerto hay una anciana que se mantiene en pie ayudada por dos palos que utiliza a modo de muletas; me acerco y le pregunto por una fuente. Me responde en una mezcla de gallego y castellano, con fuerte acento, pero me parece entender que no hay ninguna en las cercanías. Junto a ella hay otra mujer, más joven, que imagino será su hija; está agachada cuidando algunas plantas del huerto. La anciana me dice que si es para beber me pueden dar agua, que «hay que dar de beber al sediento» y esto lo entiendo perfectamente. Me acerco hacia la puerta de la vivienda y su hija me saca una jarra de agua que bebo con ganas pero con tranquilidad. La anciana me pregunta (si no es mucho preguntar) de dónde soy, si voy a Santiago y desde donde vengo andando. Una bendición en el camino; les quedo muy agradecido.

Poco a poco me voy acercando a la intersección con el camino Frances. Y lo que son las casualidades, nada más incorporarme me encuentro con Irna, que al principio no me reconoce (por el sombrero, dice). Me cuenta que ha quedado con Günter y Helmut en Pedrouzo y yo le explico que los ví ayer, en Sobrado. Me dice también que Thierry ha tenido un problema en un pie y decidió acampar un par de días para recuperarse; es una pena, si llega más tarde a Santiago ya no podré volver a verle.

Me quedan unos 6 kilómetros para llegar a Pedrouzo; tengo ganas de llegar y acelero un poco el paso, a pesar del cansancio. En estos últimos kilómetros encuentro más peregrinos de los que he visto en total en las 11 etapas que llevo, contando ésta. Mientras voy caminando llamo a Lino para preguntarle por dónde anda y me dice que ha pasado por Pedrouzo y que ha decidido continuar hasta Monte do Gozo, para poder llegar muy temprano a Santiago. Ha tenido la consideración de pasar por el albergue para cancelar una de las dos reservas que hice dos días atrás, cuando estábamos en Lugo.

Por fin llego a Pedrouzo, tras 39 kilómetros de camino. Estoy rendido, pero decido que lo primero que voy a hacer es tomarme una cerveza bien fría, que me la tengo bien ganada. Después me dirijo al albergue y tras los consabidos trámites de registro me aseo y descanso un par de horas, entre la cama y los sillones del salón. Más tarde salgo a dar una vuelta por Pedrouzo; no veo a Günter ni a Helmut, ni a Irna tampoco. Compro algo para el desayuno de mañana y busco algún sitio para cenar. No quiero comer un menú, así que me decanto por un local mitad tienda de productos gastronómicos de la zona, mitad restaurante, aunque un tanto peculiar: el local tiene una única mesa grande, alargada, en torno a la cual se sientan los comensales. Me siento en un sitio libre en un extremo de la mesa y tras echar una hojeada a los platos del día dudo entre pedir una lasaña vegetal o un bocadillo de jamón asado con queso de Arzúa y tomate y me decanto por el bocadillo, que me sabe francamente bien. Vuelvo al albergue y como todavía no es muy tarde dedico un tiempo a leer y escribir. Poco a poco el cansancio puede conmigo; además mañana quiero levantarme más pronto que de costumbre, para poder llegar temprano a Santiago y encontrarme con Merche lo antes posible.

4 de mayo, etapa 12. O Pedrouzo a Santiago

Con Merche, en la Praza do Obradoiro

Decía yo de ayer que uno de mis vecinos de litera resultó ser un experto roncador, pero para mi desgracia no era mas que un simple aficionado en comparación con el individuo con quien he tenido el gusto de compartir habitación esta noche. En diferentes ocasiones, como de joven en los Scouts o en los albergues de los caminos, he coincidido con varias personas cuyos ronquidos nos han acompañado durante la noche, en mayor o menor medida. Pero nunca en la vida, jamás, había encontrado alguien que roncase como mi vecino de esta noche, no con tan tremendos volumen y potencia. Sencillamente espeluznante; no tengo palabras para describirlo, algo que me costará tiempo olvidar.

A las 5:00 h suena mi despertador y me levanto; mal que bien he conseguido dormir unas horas. Recojo mis cosas y bajo a la sala común a desayunar. Hay una máquina de café, pero la muy engreída me muestra el rótulo «Introducir importe exacto» cuando le enseño mi moneda de 1 euro. Nada que hacer; está claro que mi penitencia en este camino ha sido ponerme en marcha sin conseguir tomarme un café. Resignado, cargo la mochila a la espalda y me pongo en camino. Llevo el frontal, pues todavía no ha amanecido.

Partiendo de Pedrouzo el camino sale por una calle que sube hacia el monte. A unos 500 m aproximadamente un mojón indica que hay que desviarse hacia la izquierda, entrando en el bosque. Justo en ese punto hay un chico detenido que me pregunta si sé hacia donde es el camino, lo que me sorprende porque parece evidente. Su duda se debe a que justo al entrar en el bosque se ven dos caminos, y no sabe cuál tomar. Se alumbra con la luz de su móvil y no se ha dado cuenta de que en un árbol una flecha amarilla señala la dirección correcta; se la indico y nos ponemos en marcha. Caminamos más o menos juntos, pero de manera independiente. Procuro que la luz de mi frontal nos alumbre el camino a ambos, por lo que poco tiempo después decide apagar su móvil. Esta primera parte de la etapa transcurre por bosques de pinos mayoritariamente, lo que contribuye a disminuir la visibilidad, así que tenemos que ir con cuidado para no saltarnos ninguna señal ni mojón. Paulatinamente la luz del día va ganando terreno, hasta que por fin puedo apagar el frontal y caminar con luz natural.

Poco a poco he ido entablando conversación con mi acompañante. Se llama Guillermo, tiene 24 años y es de Madrid. Graduado en ADE (en inglés, puntualiza), se incorporó hace unos meses al mundo laboral y quiso aprovechar los festivos del 1 y 2 de mayo para lanzarse a recorrer el camino desde Sarria. Su intención no era ir solo, pero no hubo acuerdo con sus amigos y decidió venir pese a todo. Madrileño, 24 años … no puedo evitar pensar que es como si fuera acompañado de mi hijo Carlos, de la misma edad y nacido en Madrid, aunque tenía apenas año y medio cuando volvimos a Valencia. Seguimos caminando cada uno a su ritmo, coincidiendo varias veces y distanciándonos otras tantas. Al llegar a Villamayor voy yo por delante; me detengo junto a Casa Amancio e invito a Guillermo a tomar un café; me confiesa que hace rato que está soñando con tomar uno. Me cae bien este chaval.

Después de la pausa seguimos juntos los 5 Km que restan hasta el Monte do Gozo, mientras nos seguimos contando sobre nosotros. Al llegar al monte descubrimos que el paraje está un tanto desangelado, con el monumento rodeado de vallas y que ya no se puede sellar la credencial, como anteriormente. La emoción de saber que tengo Santiago a un tiro de piedra y que ahí me espera Merche me hace olvidarme de todo lo demás, así que la llamo para decirle que ya estoy cerca, muy cerca.

Monte do Gozo

Mientras hablo con ella Guillermo me dice que continúa caminando, de modo que los 5 Km que restan hasta Santiago los haré solo. Bueno, todo lo solo que puede estar un peregrino entrando en Santiago. Poco a poco me voy acercando al punto de encuentro acordado, el cruceiro en la entrada de la Rua San Pedro. Los kilómetros a través de la ciudad se hacen largos, pero invariablemente van cayendo unos tras otros. Por fin, llego al cruceiro; necesito soltar la mochila para poder abrazar a Merche; la he echado mucho de menos.

Lino me había enviado un mensaje diciendo que también acudiría al encuentro, pero no lo veo. Lo llamo y me dice que está en la Porta do Camiño, que había entendido que era ahí donde habíamos quedado; está al final de la Rua San Pedro, así que Merche y yo nos dirigimos hacia allí. Minutos después llegamos y enseguida distingo su chaqueta roja; me alegro mucho de volver a verlo, temía que ya no pudiéramos coincidir en Santiago y que Merche no tuviera la oportunidad de conocer a alguien con quien tanto he compartido en este camino. Tras los saludos y presentaciones continuamos hacia la Praza do Obradoiro, ya estamos muy cerca. Al entrar en la plaza pienso mucho en mis queridas compañeras de camino, en Carmenxu, Lur y Vir, a quienes tanto me une; las echo de menos, quisiera poder abrazarlas; están lejos pero a la vez sé que están aquí conmigo, las siento.

Disfrutamos del momento. Es temprano y todavía no hay mucha gente en la plaza. La catedral luce magnífica; hacemos algunas fotos pero sobre todo quiero que mis ojos se llenen de Santiago, quiero guardar este recuerdo muy dentro de mi.

Pronto, demasiado pronto, Lino se despide de nosotros. Le insisto para que vayamos a tomar una cerveza antes de irse; no he tenido oportunidad de contarle nada sobre las etapas de la variante, pero tiene muchas cosas que hacer y muy poco tiempo, así que tiene que marcharse. Me dice que ha sido un honor caminar conmigo, pero te puedo asegurar Lino que el honor ha sido mío, eres una gran persona. Te deseo lo mejor.

Después llega el incómodo trámite de hacer cola para sellar la credencial y recoger la Compostela. Cerca de dos horas, nada más y nada menos, y eso que hemos llegado relativamente pronto. La cola da la vuelta a un pasillo y mientras nosotros avanzamos hacia los mostradores donde se atiende a los peregrinos, casi por el final de la misma encuentro a Guillermo y lo presento a Merche; como la cola se mueve tan despacio tenemos tiempo de charlar un poco. También me parece ver a Cindy y Natalia, pero luego las busco y no las veo. Por fin llega mi turno y puedo conseguir el último sello del Camino y la Compostela. No importa haber hecho dos horas de cola, la recompensa lo vale.

Con la credencial ya sellada nos dirigimos al Hostal dos Reis Catolicos, donde tenemos reserva: es mi regalo de cumpleaños. El hostal es un edificio magnífico, museo a la vez que alojamiento. La decoración algo recargada para mi gusto, pero tras haber caminado más de trescientos kilómetros y haber dormido en literas junto a gente de todo tipo, me parece bien tener que soportar un poco de lujo. Y lo que es mejor, con Merche; no se puede pedir más.

Me aseo y volvemos a salir a la plaza, con la intención de dar un paseo por Santiago y tomar alguna cerveza o ribeiro, o ambas cosas. Y estando en la plaza me llevo la sorpresa de distinguir a Helmut, haciéndose fotos en grupo. Corro hacia él y el grupo resultan ser Günter, Thierry, Paul, Maya, Nancy, Martina … Están todos allí ¡qué alegría! Me alegra muy especialmente encontrar a Thierry, a quien no esperaba volver a ver; le pregunto por su pie y le explico que Irna me contó que estaría acampado un par de días para recuperarse, pero me cuenta que se encontró bien y pudo continuar. Les presento a Merche y bromean con el hecho de verme vestido tan smart. Helmut le dice a Merche que soy el más rápido de todos, que siempre llego el primero. Tengo que confesar que este final no lo esperaba, ya no contaba con volver a verlos a todos, así que me siento muy feliz de haberlos encontrado y poder abrazarlos antes de que cada uno continúe con su camino o regrese a su lugar de origen. Lo único que lamento es no haber pensado en pedir que nos hicieran alguna foto con mi móvil; por desgracia no tengo ninguna de ellos, aunque Günter se ha anotado mi correo y confío en que me hará llegar alguna.

Actualización: tal y como esperaba (y deseaba), Günter me escribió y me envió algunas fotos, así que incluyo una de las que tomaron en la plaza.

Arriba, de derecha a izquierda: Thierry, Helmut, Paul, una chica a quien no conocía, Martina, Günter y yo. Abajo, Nancy y Maya

Tras despedirnos de todos, Merche y yo seguimos callejeando por Santiago. Paramos en una tasca y junto con las cervezas que pedimos nos sirven una tapa (del tamaño de las raciones que sirven en otro sitios) de tortilla que está impresionante. Luego comemos en Porta Faxeira, en la Rua do Franco, donde entre otras cosas pedimos pulpo y un Ribeiro, San Clodio, con los que nos damos un pequeño homenaje. Volvemos al hostal a descansar un poco; después salimos otra vez y seguimos paseando Santiago; visitamos la Feria del Libro y hacemos alguna compra. A las 22:00 h hay una carrera de 10 Km a pie que sale de la Universidad y termina en la plaza; vemos la salida y más tarde a los primeros corredores en llegar. Después buscamos un sitio donde tomar un vino y algo para comer y paramos en O Filadón, en la Rua da Acibechería. Un lugar curioso; una pequeña tienda de vinos, quesos y embutidos con un pequeño espacio detrás, casi una cueva, con una barra y estantes y taburetes donde poder instalarte para tomarte un vino o cerveza y alguna de las tapas que sirven. Pedimos vino y media ración de queso que nos cuesta terminar; ya nos habían avisado de que incluso media tiene un buen tamaño. Tras caminar un poco mas para ayudar a bajar la cena, volvemos al hostal a descansar.

5 de mayo. Vuelta a casa

Amanecer en el camino

Ya es domingo, y hay que volver a casa. Tomamos un buen desayuno en el Parador: jamón, queso, fruta, tostadas y algo de bollería, acompañados de zumo y café. Casi a punto de terminar, me doy cuenta de que también hay cava, así que sirvo dos copas con las que Merche y yo brindamos por todo cuanto hemos vivido estos días. Tras el desayuno recogemos el equipaje, pagamos la cuenta y caminando, sin prisas, nos dirigimos hacia la parada del autobús que nos llevará al aeropuerto. Tomaremos un vuelo a Barcelona y de ahí a Valencia, donde llegamos cerca de las cinco de la tarde. Ya en Valencia tomamos el metro hacia casa.

Un camino más, con experiencias vividas similares a las de los anteriores, pero a su vez muy distinto. Se puede decir que el hecho de haber ido solo ha sido el matiz diferenciador, pero no de la forma en la que yo creía inicialmente que sería. El camino es el camino y aun yendo solo no eres completamente dueño de tus decisiones, porque a la hora de la verdad no caminas cuánto y como quieres, sino cuánto y como el camino y tus propias fuerzas te permiten, ni te detienes donde quieres, sino donde encuentras un lugar adecuado. Sí es cierto que ir solo me ha permitido tomar decisiones que de otra forma quizá no hubiera escogido, como tomar las variantes de Hospitales y la de Sobrado. Ir solo me ha permitido también no pensar mas que en mi, sin tener que estar atento a otros, sin tener que ajustar mi paso para no dejar atrás a nadie, poder caminar a mi ritmo, con la libertad que el camino te quiera conceder.

Ni mejor ni peor que otros, simplemente distinto. Tanto el Camino del Norte con Lur y Miguel como el Francés con Carmenxu, Lur y Vir han sido experiencias que no cambiaría por nada, que me han permitido profundizar los vínculos de amistad y cariño con quienes ya conocía y crear otros nuevos, igual de intensos. Lo que sí tienen en común tanto uno como los otros es la intensidad de las experiencias y los encuentros vividos, que dejarán en nosotros un enorme caudal de recuerdos.

Camino Primitivo. Segunda parte

En anteriores ocasiones en las que he escrito sobre mis experiencias en el Camino he optado normalmente por escribir una entrada por etapa o día. Esta vez he decidido seguir un criterio distinto y he dividido las etapas en tres bloques, cada uno de ellos con una característica que, para mi, le confiere su identidad.

La primera parte, que ya he publicado, corresponde a las 8 etapas desde Oviedo a Lugo. Estas etapas constituyen de por sí la mayor parte de la distancia recorrida, algo más de 200 Km de los cerca de 320 previstos. El factor que caracteriza a este bloque de etapas es pertenecer al trazado oficial del Camino Primitivo. Como ya conté con anterioridad, mi intención era apartarme del camino para tomar dos variantes que me permitirían, entre otras cosas, retrasar la unión con el Camino Francés, y así librarme en parte de los tramos más explotados del Camino.

La segunda parte la constituyen dos etapas: desde Lugo a Friol y a Sobrado dos Monxes, para conectar con el Camino del Norte. Estas etapas no corresponden a ningún camino oficialmente reconocido y están muy poco transitadas. Carecen casi por completo de servicios y su trazado está señalizado por voluntarios que marcan el camino con flechas verdes, las cuales en ocasiones son difíciles de ver y hasta de interpretar. Tenía mucho interés en hacer estas etapas, por las razones ya citadas y por llevarme hasta Sobrado dos Monxes. De todos los albergues y estancias que recuerdo del Camino del Norte es Sobrado, con diferencia, la que me causó una impresión más honda; el monasterio, el entorno, el propio Sobrado, dejaron en mi una profunda huella que tiraba de mi con fuerza.

Por fin, la tercera parte comprende otras dos etapas, desde Sobrado a Pedrouzo y a Santiago. La primera parte de la etapa de Sobrado a Pedrouzo, hasta Boimorto, transcurre por el Camino del Norte. Aquí aparece una bifurcación: el camino convencional lleva a Arzúa, donde se fusiona con el Camino Francés; la segunda alternativa transcurre por una carretera que lleva hasta Lavacolla, donde se encuentra el aeropuerto de Santiago. El itinerario que tenía pensado caminar me llevaba por esta ruta, pero con una variante añadida: unos kilómetros antes de llegar a Lavacolla tomaría un desvío a la izquierda hacia Santa Irene, para desde ahí, y siguiendo el Camino Francés, llegar hasta O Pedrouzo, lo que me acercaría a 19 Km de Santiago y me permitiría, madrugando un poco, llegar temprano.

Así pues, continúo con la segunda parte.

1 de mayo, etapa 9. Lugo a Friol

Río Mera

Es temprano cuando salgo del albergue acompañado de Lino. Poco a poco vamos dejando atrás Lugo. Al poco de pasar el puente sobre el Miño llegamos al punto donde nuestros caminos se separan: Lino continúa por el Primitivo hacia Ferreira y yo tomo la variante hacia Sobrado. Nos despedimos y quedamos en vernos en Pedrouzo, donde he reservado dos plazas en un albergue.

El Miño

A medida que me voy alejando de Lugo y del Primitivo no puedo evitar sentir una cierta sensación de incertidumbre. No estoy intranquilo, ni mucho menos preocupado ni inseguro, pero sí me siento expectante ante lo que pueda encontrar. Los primeros kilómetros son una auténtica maravilla, razonablemente bien señalizados, a través de un precioso bosque siguiendo el cauce de un río. Unos kilómetros más adelante, tras dejar atrás el río, el camino continúa por pistas y senderos entre bosques y prados. Al llegar cerca de Matelo encuentro una bifurcación que no esperaba, no tengo constancia de ella. Hacia la derecha el camino circula siguiendo el curso de la carretera hacia Friol. Hacia la izquierda… no lo tengo muy claro, pero algo dentro de mi me decanta por seguir esta ruta. Tengo cargados en el móvil y en el reloj los tracks de las etapas de las variantes, así que no me preocupa perderme y además tengo el convencimiento de que esta variante se unirá con la otra unos pocos kilómetros más adelante. A medida que avanzo compruebo que me voy apartando cada vez más de la ruta guardada, tanto que me planteo retroceder hasta la bifurcación y tomar la ruta de la carretera. Pero no, no quiero retroceder, así que continúo con la esperanza de encontrar que el camino que sigo gira en algún momento hacia la derecha para acercarse hacia la ruta conocida. Sin embargo, tras un tramo de pistas y senderos salgo a una carretera que, invariablemente, conduce hacia el suroeste, mientras que Friol se encuentra hacia el oeste-noroeste de mi. Empiezo a temer haberme saltado alguna señal, así que decido detenerme y estudiar el mapa en el móvil, con la aplicación OruxMaps que tan útil me resulta ser. Voy siguiendo el curso de la carretera LU-P-2903; aproximadamente dos kilómetros más adelante esta carretera se cruza con la LU-P-2923, que gira en dirección a Friol, por lo que decido continuar hacia adelante (siempre que no encuentre señales que me indiquen lo contrario, claro) y tomar el desvío hacia la derecha, por la mencionada carretera que se dirige hacia Friol. Tengo que aclarar que a pesar de estar hablando de carreteras, se trata más bien de pistas asfaltadas entre campos y prados, por las que durante todo el trayecto no veo circular mas que un coche y un tractor.

Por fin llego al cruce y para mi sorpresa encuentro unas flechas verdes que señalan hacia la derecha; bueno, después de todo mi opción era buena. Continúo caminando; voy dejando atrás algunas poblaciones formadas por apenas unas pocas casas, en las que no encuentro ningún bar ni sitio para poder descansar un rato a cubierto del molesto viento frío que ha comenzado a soplar. Al llegar a Valín veo un banco de piedra junto a la pared de una casa, así que decido detenerme unos minutos y comer algo de pan, queso y fruta que llevo en la mochila. La casa no me protege del viento por completo, pero podría ser peor ya que a pesar de estar muy cubierto la lluvia me ha respetado hasta el momento. Tras un breve descanso continúo la marcha, no quiero enfriarme; llevo unos 19 Km andados y si hubiera seguido la otra ruta debería estar a unos 6 Km de Friol, pero mirando mi situación en el mapa compruebo que me quedan todavía unos 10 Km, por lo que haber tomado esta ruta me supondrá caminar unos 4 Km más.

Continúo todavía unos kilómetros por la carretera; llego a Guldríz de Arriba y me pregunto si existirá un Guldríz de Abajo. Un kilómetro más adelante (hacia abajo), encuentro la respuesta.

Guldriz de Abaixo

A medida que me acerco a Friol el camino vuelve a adentrarse por pistas y sendas, en ocasiones inundados, que me obligan a saltar alambradas para circular por prados colindantes, también encharcados pero más llevaderos.

Por una parte me alegro de haber tomado esta ruta, por transcurrir por parajes más agrestes, pero por otra me arrepiento, por la dureza añadida por el estado del terreno y por haber hecho casi 4 kilómetros más. Además la señalizacion no es tan buena como en caminos oficiales; no hay mojones en los cruces y desvíos, únicamente algunas flechas de color verde pintadas en ocasiones en ramas de árbol, cuya dirección no siempre resulta evidente. Otras veces no se encuentran señales durante un largo trecho; puede parecer lógico porque no hay desvíos y por tanto no debería haber confusión, pero a veces no sabes si no hay ningún desvío o si por el contrario sí lo había y te lo has saltado por estar pendiente de otras cosas como el paisaje, un enorme charco que hay que rodear como se puede…

Llego a Friol, cansado tras casi 30 kilómetros de camino. En Friol no hay albergue, la única opción posible es alojarse en la pensión Benigno, que encuentro fácilmente y en la que ya tenía reserva. La habitación de la pensión no es nada de otro mundo, pero es mejor que algunos de los albergues por los que he pasado y tiene baño completo para mi solo; y televisión, podré ver las noticias. Además esta noche no tendré que aguantar ronquidos. Un lujazo.

Como de menú en el restaurante de la pensión; una sopa que me sabe un poco a sobre pero que me calienta el cuerpo y una merluza a la plancha con aspecto de ser muy fresca. Después de la comida salgo a dar un corto paseo por el pueblo y, de paso, compro algo de pan y fruta para cenar. Vuelvo a la pensión y me quedo el resto de la tarde tumbado, leyendo, escribiendo un poco y, sobre todo, descansando. Me invade una extraña sensación: hoy es mi cumpleaños y, desde que puedo recordar, es el primero que paso completamente solo.

2 de mayo, etapa 10. Friol a Sobrado dos Monxes

Lago de Sobrado

El bar de la pensión abre a las 7:00 h, así que me levanto un poco más tarde de lo habitual para poder tomar un buen desayuno. Aprovecho la ocasión que tengo para darme otro lujo: una ducha matutina antes de salir. Me tomo un buen tazón de café con leche y unas hermosas magdalenas y enseguida me pongo en marcha siguiendo nuevamente la pista de las flechas verdes.

Salgo de Friol siguiendo el curso del río Narla; al principio, por una especie de paseo orillando el río y después por caminos más o menos paralelos al mismo. Unos kilómetros más adelante el camino transcurre en su mayoría por sendas y pistas entre bosques y prados. En ocasiones casi no hay ni senda y hay que estar muy atento para no perder ninguna flecha. Afortunadamente no me encuentro casi ninguna bifurcación y salvo alguna muy pequeña variación el camino que sigo coincide con la ruta que tengo guardada. Lo peor vuelve a ser el agua y el barro que anega los caminos y me obliga frecuentemente a buscar alternativas a través de los prados o bosques colindantes. Esto sucede particularmente en varios tramos en los que el camino circula encajonado entre terraplenes y setos que delimitan los campos; en ocasiones encuentro que el camino se ha convertido en un verdadero lago, completamente cubierto por el agua a lo largo de muchos metros.
Vuelve a hacer mal tiempo, sopla un fuerte viento incómodo que aumenta la sensación de frío. El cielo está cubierto y parece que amenaza lluvia, aunque solo caen unas cuantas gotas. Más tarde sale un tímido sol que no consigue calentar y continúa haciendo frío.

Al llegar a Vilariño el entorno cambia notablemente; aquí la ruta se une al Camino del Norte y hay más vida, más población y también mayor movimiento de peregrinos. Aprovecho y paro en el bar Suso para tomar un café; me pregunta la dueña si hablo español y le digo que si, que bastante bien para ser valenciano. Me pregunta de donde vengo y hablamos sobre las condiciones de la ruta que he seguido y me cuenta sobre lo meticulosos que son los alemanes para hacer las guías, a diferencia de los españoles que casi ni se bajan del coche para hacer alguna foto del lugar y salen a escape; los alemanes, me dice, entran y preguntan si abre todo el año, si sirve comidas y otras cosas que pueden resultar muy útiles a los peregrinos. Sobre este asunto recuerdo la guía de Günter, en la que se describe bastante bien la variante de Sobrado, mientras que yo apenas he podido encontrar alguna escueta descripción. Me despido y me desea buen camino y que no me pierda. Y lo que son las cosas, quizá por lo confiado que iba, nada más salir del bar me salto el desvío hacia el camino y tomo la ruta incorrecta. Por suerte el reloj me avisa de que estoy fuera de la ruta, así que retrocedo y tomo el camino correcto.

Mojón en el Camino del Norte

Me quedan unos 6 Km hasta Sobrado, donde llego aproximadamente a las 13:40 h. Ya desde la entrada a Sobrado se distinguen las torres del monasterio cubiertas de andamios; por una parte me alegro de que el monasterio esté en rehabilitación, por otra me apena no poder verlo en condiciones. Me dirijo al albergue y me encuentro con que está cerrado desde las 13:30 hasta las 16.30 h. Son casi tres horas de espera, por lo que sumando esto al disgusto que me he llevado al ver el monasterio momificado me hacen optar por dirigirme a un albergue privado de reciente apertura. Mi gozo en un pozo.

Monasterio de Sobrado dos Monxes

Tras registrarme en el albergue y asearme salgo a comer. Después vuelvo al albergue porque tengo mucha ropa para la colada, así que decido aprovechar que hay lavadora y meter todo lo que tengo usado. Mientras se lava la ropa salgo a dar un paseo por Sobrado y a visitar el interior del monasterio, que afortunadamente está abierto al público. En el claustro de los peregrinos, donde está ubicado el albergue, me llevo la alegría de encontrar a Günter y a Helmut. Hablamos sobre las etapas de la variante y me preguntan si ayer estaba en Friol; ellos llegaron tarde y a esa hora yo estaba en la habitación, descansando, por lo que no nos vimos. Han llegado a Sobrado hace poco y todavía no se han podido duchar, así que me despido de ellos hasta Pedrouzo, llevamos la misma ruta.

Compro algo para la cena y el desayuno de mañana y después de tomar un café en la plaza vuelvo al albergue, donde tengo que recoger mi ropa. Antes de cenar leo un poco y repaso la etapa de mañana. Tengo que reconocer que me preocupa un poco tener que andar más de 37 kilómetros con la mochila a cuestas, y que había pensado en la posibilidad de enviar parte de mis pertenencias en una bolsa hasta Pedrouzo. Pero ¡que carallo! No, no lo haré; mi mochila viene conmigo.

Camino Primitivo. Primera parte

22 de abril. Uviéu

Junto a la estatua de Woody Allen

Llegó el día. Tal y como estaba previsto tomo el AVE de Valencia a Madrid a las 6:30 h. En el tren me rodean usuarios viendo el segundo capítulo de Juego de Tronos en portátiles o tabletas, que yo todavía no he visto; no sé hacia donde mirar para no ver nada. Al llegar a Madrid y puesto que tengo tiempo, decido ir andando hasta la estación Sur de autobuses. Rodeo Atocha y tomo Méndez Álvarez abajo. Es temprano y hace fresco, y aunque no sea la parte más bonita de Madrid, disfruto del paseo por una ciudad que tanto significó para mi. Llego a la estación con tiempo más que suficiente para comer algo y tomar un café. Por fin, unos minutos despúes de la hora prevista, el bus se pone en marcha.

Tras algunas breves paradas para la subida y bajada de viajeros y una más larga en Villalpando para tomar un descanso, sobre las 15:30 llegamos a Oviedo. Al bajar del autobús y recoger mi mochila, encuentro un muchacho de Jaén equipado con mochila, la cual llevaba en el autobús envuelta en una bolsa grande de basura. Obviamente un peregrino y como yo se dirige al albergue municipal. Además de la mochila va cargado con varias bolsas; comida, dice, proporcionada por su tía en Madrid. No sé si es para él solo o si su tía pretendía alimentar a todo el albergue. Tras dar alguna vuelta de más (vaya, tenía que haber seguido las señales del Camino en sentido inverso), llegamos al albergue. Me registro, dejo mis cosas y salgo a dar una vuelta por la ciudad. No conocía Oviedo, y me sorprende gratamente, al menos hasta llegar a la Catedral, donde me llevo la desagradable sorpresa de que cierra a las 18:00 y son las 18:04 cuando he llegado, así que, una vez más en el Camino, me quedo sin verla. No he andado mucho hoy,  pero estoy algo cansado y quiero guardar las fuerzas para el camino, así que decido regresar al albergue a cenar algo y descansar. Mañana empieza lo bueno.

23 de abril, etapa 1. Oviedo a San Juan de Villapañada

Me despierto a las 6:00 h. Mientras estoy recogiendo mi mochila, desde una cama vecina alguien me pregunta si salgo hacia el Primitivo. Respondo que si y me propone salir juntos, que cuatro ojos ven más que dos, a lo que naturalmente accedo. Es Lino, del Ferrol. 69 años, runner (él siempre habla de trotar más que de correr) y con un nieto etíope. Un hombre sencillo y honesto a todas luces que inmediatamente me causa muy buena impresión; hacemos migas inmediatamente. Mientras salimos de Oviedo nos vamos contando sobre nosotros: familia, trabajo, los caminos andados… Una vez hemos dejado atrás la ciudad, en una subida a los pocos kilómetros de marcha, me dice que siga yo a mi ritmo, que él va más lento. Se despide de mi, pero tengo claro que nos habremos de ver más adelante. Aun así, poco sospechaba yo en ese momento que hasta Santiago íbamos a coincidir unas cuantas veces y que caminaríamos juntos unos cuantos kilómetros

Llueve. No mucho pero llueve. Poco a poco van cayendo kilómetros y en una parada que hago para cambiar el chubasquero por la chaqueta, Lino me alcanza y mientras continuamos juntos me dice que a esas horas necesita un café para continuar y me invita a tomar uno. Paramos en un bar cerca de Casa Nueva justo cuando la lluvia comienza a arreciar. En el bar, sentada a una mesa, una chica con los pies y el cuerpo envueltos en plásticos. Junto a ella, su mochila, también envuelta en plástico; una peregrina, sin duda.

Pese a la lluvia decidimos continuar. La tormenta coge fuerza y caminamos bajo un fuerte chaparrón que, afortunadamente, no dura mucho. Poco a poco el sol se sobrepone a las nubes y así, con mejor tiempo, llegamos a Grado, donde comemos y compramos algo para la cena y el desayuno de mañana.

Aunque la mayoría de peregrinos deciden finalizar esta primera etapa en Grado, mi intención es continuar hasta San Juan de Villapañada, como tenía previsto. Lino está conforme conmigo y así pues continuamos el camino. La ruta se hace un poco pesada, entre la lluvia, el barro, subidas y bajadas y algunos tramos de carretera sin un puñetero arcén que permita andar con un poco más de tranquilidad.

Llego a San Juan el primero; poco después lo hará Lino. El albergue está abierto, pero no hay nadie. Llamo a Domingo, al hospitalero, y me dice que nos vayamos acomodando, que más tarde irá él. Me instalo y me aseo y mientras nos dedicamos a descansar un poco van llegando el resto de peregrinos que formarán el grupo que prácticamente nos acompañará hasta Santiago.

Los primeros en llegar son Thierry (francés) y Helmut (alemán). A Helmut lo recuerdo del albergue de Oviedo, no así a Thierry. Poco más tarde llega Günter (austríaco), a quien también vi en Oviedo: se presentó al entrar diciéndome «Hello, I’m Günter, from Austria». Después llegan tres portugueses cuyas mochilas estaban en el albergue cuando llegué y a quienes ya no volveré a ver. Más tarde aparecen Maya y Nancy, dos chicas lituanas propietarias de una enorme maleta que nos llamó la atención al llegar al albergue. Caminan con lo justo y el grueso del equipaje lo envían de albergue en albergue en ese maletón. Finalmente, a última hora, llega Luis, de Logroño. Parece ir un poco a su aire y como el inglés parece no dársele nada bien, no se comunica demasiado. Lino y yo no cocinamos, así que nosotros cenamos mientras el resto prepara la pasta y la carne que Domingo compró para ellos. En el albergue hay algunas botellas de sidra y Lino nos da algunas lecciones sobre como escanciar. Helmut se anima y nos sirve unos tragos; pasamos un buen rato viendo sus progresos en el arte del escanciado. Después intento leer un poco pero entre la fatiga y el barullo del albergue me cuesta mantener la concentración. Cansado, me voy pronto a dormir .

Grado visto desde el albergue de San Juan
Grado visto desde el albergue de San Juan

24 de abril, etapa 2. San Juan de Villapañada a Bodenaya

Amaneciendo en el alto de San Juan

Soy de los primeros en salir del saco. Desayuno con Lino y salgo temprano del albergue, todavía no ha amanecido. Al rato tengo que volver al albergue a buscar mi bastón, que he dejado olvidado. Es la primera vez que me ocurre esto; otras cosas sí he dejado olvidadas, frecuentemente el jabón, pero mi bastón, nunca. Lino se adelanta y ya no vuelvo a verlo hasta Bodenaya, así que hago toda la etapa solo.

El camino se va adentrando en los montes asturianos. Paso por alguna población de cierta importancia, como Cornellana, pero la mayoria de las poblaciones no pasan de ser humildes aldeas de apenas un puñado de casas. Los paisajes son una auténtica maravilla y cada paraje que atravieso resulta más relajante y cautivador que el anterior. Cada paso que doy me siento más contento de estar aquí, más feliz de haber emprendido este camino y de haber elegido esta época para emprenderlo. Con este tiempo, el paisaje asturiano muestra todo su esplendor.

Llueve también durante casi todo el camino, a veces con cierta intensidad. No hay tanta carretera como en la jornada de ayer, aunque también hay algún tramo. Me disgusta especialmente uno con arcén inexistente que puede resultar peligroso, aunque afortunadamente no hay mucho trafico. Llego a Salas demasiado pronto para comer y no me apetece un menú de dos platos, así que opto por pedir un bocadillo de tortilla. Después voy al súper a comprar provisiones para la cena y el desayuno de mañana. Quiero plátanos, pero van envasados de 5 o 6, así que cojo un par de bananas, que van a granel. Más tarde me arrepentiré de haberlas comprado, están incomibles.

Desde Salas a Bodenaya el camino va en constante ascenso. En el alto, ya cerca de Bodenaya, sopla un viento frío que me obliga a cubrirme; empieza a llover un poco. Por fin llego al albergue, donde me recibe Celia. Tengo que hacer mención muy especial del albergue de Bodenaya y de Celia, su hospitalera (no pude conocer a su pareja por estar ausente ese día). En primer lugar, y aunque pueda resultar obvio, diré que Celia es su hospitalera. Quiero decir esto que no es alguien que se limite a registrar, cobrar y colocar al al peregrino, sino que se desvive por hacer nuestra estancia lo más cómoda posible. Sus primeras palabras son de bienvenida y para decirte que estás en tu casa; acomódate, toma lo que necesites, haz lo que te apetezca. Ella y su pareja se encargan de preparar una cena y desayuno comunitarios, de lavar y secar la ropa que has llevado durante el día, de proporcionarte lo que puedas necesitar para hacer tu estancia lo más agradable posible, y todo esto a cambio de la voluntad. Todo un ejemplo a seguir.

Lino ha llegado antes que yo. Después, poco a poco, van llegando más peregrinos. Una de las primeras es Margarita, una chica de Ucrania que resulta ser la que ayer vimos en el bar envuelta en plásticos. Habla inglés bastante mejor que yo, pero conseguimos entendernos y me cuenta cosas de su vida en Ucrania. Curiosamente le gusta la fórmula 1 y hablamos un rato sobre las últimas carreras. En ese momento no lo sabía, claro, pero ya no volveré a verla; me hubiera gustado volver a hablar con ella.

Charlando con Margarita

LLegan también Helmut, Maya y Nancy, Günter y Thierry. También otros peregrinos a quienes no conocía: Irna y Paul, de Holanda, y Martina, checa. Así, la cena comunitaria resulta verdaderamente interesante y variopinta.

De izquierda a derecha: Maya, Günter, Yo, Lino, Thierry, Pedro (padre de Celia), Celia, Martina, Nancy y Paul

25 de abril, etapa 3. Bodenaya a Borres

De camino a Borres

Durante la cena en Bodenaya, Celia nos explica que la hora de levantarse y desayunar debe ser la misma para todos, establecida por acuerdo mutuo. A la hora decidida, un poco más tarde de lo que yo quisiera, me levanto y tras el desayuno comunitario emprendo la marcha. Al tratarse de una hora más tardía voy coincidiendo con varios peregrinos durante la marcha, hasta Campiello.

No llueve apenas, pero sopla un fuerte viento frío, bastante molesto. A ratos luce el sol, pero no consigue calentar. Para complicar las cosas un poco más el camino está muy embarrado y frecuetemente resulta pesado caminar. Llegando a Tineo me despisto en un desvío y tras un rato de camino equivocado tengo que desandar lo andado. Más adelante, en Tineo, me adentro en el pueblo para tomar un café y al querer continuar me dirijo hacia abajo, pensando que ahí está el camino; busco infructuosamente alguna señal y no encuentro, así que pregunto y compruebo que iba en dirección contraria. Toca retroceder otra vez, sumando unos pocos metros de más.

De camino hacia Campiello paso primero por el Alto de Guardia, donde puedo disfrutar de unas magníficas vistas. Más adelante el camino atraviesa un precioso robledal que, además, me refugia del viento. Iba yo así pensando en lo bonito de la etapa, sin apenas carretera como la de ayer, cuando, ¡zas! aparece un tramo de carretera; se me hace muy pesado, más que odioso: largo, sin arcén, en terreno abierto expuesto al fuerte viento que en ocasiones te empuja hacia el centro de la carretera… No veo el momento de llegar. Por fin, al llegar a Campiello, me espera una agradable sorpresa: Lino ha comido ahí y se dispone a seguir hacia Borres, así que tras tomar un café seguimos caminando juntos.

Llegando a Borres me dice Lino que ha decidido ir a un albergue privado y puesto que en este caso no tengo preferencias, decido unirme a él. Cuando llegamos al albergue comprobamos que es nuevo, prácticamente lo estrenamos nosotros. Está bastante bien, pero tiene algunos fallos en instalaciones (como por ejemplo algunos desagües) y no tiene ni la décima parte de la vida y calor que tiene el de Bodenaya. Y Raimundo no es Celia, ni mucho menos.

Toca hacer colada. Mientras estoy lavando la ropa persiste el frío viento, además de que empieza a caer una fina lluvia. El lavadero está descubierto y poco a poco el frío me va calando. Tras tender la ropa me preparo un café con leche muy caliente y me siento, tapado con una manta, a ver caer la lluvia a través de un ventanal del albergue. La llovizna se convierte en un fuerte chaparrón; a lo lejos, en el camino, distingo una figura cubierta por un poncho naranja. Camina muy despacio, apoyada en dos bastones, por lo que creo reconocer a una mujer no muy mayor que adelanté por la mañana. Bajo la fuerte lluvia paso a paso va acercándose hasta el desvío que sube hacia el albergue municipal. Parece dudar un momento y emprende trabajosamente la subida hacia el albergue. Unos minutos después desaparece en el interior del edificio; espero que pueda secarse y descansar un poco, lo tiene bien merecido.

Poco después, tras la lluvia, llega una pareja. Ingleses o australianos pienso yo. Luego me dirán que son del desierto, de Arizona, y que no están acostumbrados a este frío. Tras dejar sus mochilas desaparecen y ya no vuelvo a verlos hasta la hora de la cena, en el bar. Ceno una sopa caliente y después una tortilla que no me puedo terminar. Muy amablemente la mujer que me atiende me sugiere hacerme un bocadillo con el sobrante de tortilla, con lo que tengo almuerzo para mañana.

En el bar coincido con Günter, que se aloja en el albergue municipal. Me cuenta que también quiere hacer la etapa siguiente por Hospitales, como Lino y yo. Hablamos sobre la etapa y lo adecuado de tomar la variante de Hospitales o seguir por Pola; veremos si el tiempo nos lo permite. Con mal tiempo, especialmente si hay niebla, no es recomendable el paso por Hospitales. Por si acaso llevo preparado en mi móvil y en el reloj el track del paso por el alto. Günter también lleva la ruta en el móvil, en la aplicación Locus Map; yo utilizo OruxMaps. Puede resultar de especial ayuda el uso del reloj, ya que tiene la opción de producir un aviso en caso de desviación de la ruta, lo que permite caminar sin necesidad de estar mirando la pantalla del móvil; con un simple giro de muñeca puedo saber si estoy en la ruta o no y además si me despisto puedo recibir un aviso. Aun así, no conviene confiarse.

Todavía con el frío en el cuerpo me voy a descansar; me meto en el saco con la camiseta térmica y cubierto con una manta. Poco a poco conseguiré entrar en calor y dormir unas horas.

26 de abril, etapa 4. Borres a Berducedo, por Hospitales

Bifurcación del camino

Salimos Lino y yo de Borres, con la idea de tomar la variante de Hospitales tal y como ya habíamos hablado y si tenemos constancia de que el tiempo lo pueda permitir. Aunque solemos coincidir sobre todo en la salida y la llegada y en ocasiones en algún tramo de la etapa, habitualmente cada uno va a su aire, de modo que la mayor parte de las etapas las hago solo. Pero el sentido común aconseja no ir solo por Hospitales, de modo que nos hemos puesto previamente de acuerdo para caminar juntos.

Aunque el cielo está cubierto no llueve y aparece algún claro, por lo que optamos por la opción de Hospitales. Nada más llegar al desvío empieza la subida. Serán casi 15 kilómetros de ascenso, partiendo desde los 600 m de Borres hasta llegar casi a los 1.300 m. A medida que ganamos altura las condiciones van empeorando; sopla un fuerte viento frío y aparece la lluvia, que más tarde se convertirá en aguanieve. Pero lo que más tememos, la niebla, decide respetarnos. Vemos algunos bancos, casi todos por debajo de nosotros, por lo que en todo momento tenemos el camino despejado. Lo que también tenemos es agua, tanto por arriba como por abajo; el terreno está completamente encharcado, tanto que muchas veces cuesta encontrar pasos que permitan avanzar sin tener que meter los pies en el agua o el barro. Mis botas resisten más o menos y mantengo los pies bastante secos, pero Lino tiene los pies empapados; llega un momento en que ya no le importa donde pisa.

Lo poco que podemos ver del paisaje nos deja boquiabiertos; es impresionante; aunque el tiempo no haya acompañado no nos arrepentimos de la decisión tomada. La niebla no es tan compacta como para impedir la visibilidad del paisaje y el camino y aunque por precaución activo la navegación en el reloj, resulta innecesaria (de todas formas voy echando vistazos para asegurarme). Por fin llegamos al alto de Hospitales, tras el que comienza el descenso. El primer tramo de bajada resulta muy pesado, por una fuerte pendiente con piedras sueltas. Paulatinamente el terreno mejora, así como el tiempo; parece que junto con el alto hemos dejado atrás el viento y la lluvia.

Al llegar a Lago nos encontramos con que el bar ha cerrado; otra vez nos quedamos sin café. Estoy cansado y decido parar a descansar un poco y comer algo. Lino continúa y quedamos en vernos en Berducedo, pero cuando llego, al no verlo, le llamo y me dice que ha decidido continuar hacia A Mesa, a 4 kilómetros. Espero volver a verlo. Como he llegado tan pronto, voy viendo llegar a todos: Carlos, un argentino que viene desde Pola, al que hemos adelantado en la bajada; Thierry, Luis el logroñés y Martina con Irna, la holandesa. Más tarde llegan las chicas libanesas (Nancy y Maya) junto con Helmut y Paul, el holandés. No he visto a Günter, quizá está en otro albergue.

Por la tarde, después de descansar un par de horas, coincidimos varios en el bar del albergue. Thierry me ofrece tomar un vino y charlamos con Irna y Paul. También hablo unos minutos con Martina, que me cuenta que está viviendo en Inglaterra, en Cambridge. Me cuenta que trabaja dando clases de educación física a niños a partir de los 4 meses y me muestra algunos vídeos de criaturas de pocos meses haciendo ejercicios; coincido con ella en que es un trabajo muy bonito.

Más tarde llegan dos peregrinas más, dos chicas colombianas, Cindy y Natalia. A última hora, cuando estamos hablando de la etapa de mañana, pregunto a la hospitalera por el albergue de Castro. Me responde que está bien pero que es pequeño, por lo que resulta aconsejable reservar; aunque seguramente llegaría de los primeros podría encontrarme con todas las plazas reservadas. Así que me hace el favor de llamar ella misma y nos encontramos con la sorpresa de que tanto el sábado como el domingo el albergue estará cerrado por causa de las elecciones, ya que se usa como colegio electoral. Toca cambiar de planes: mañana hay que ir hasta Grandas de Salime, 5 km antes de Castro. El siguiente albergue está a 20 km de Castro y sería demasiada distancia para un día. Bueno, desde el principio tuve claro que había que estar preparado para posibles cambios, por cualquier circunstancia.

27 de abril, etapa 5. Berducedo a Grandas de Salime

Camino a Grandas

Hoy la etapa es más corta de lo que tenía previsto, debido al cambio de planes por el cierre del albergue de Castro. Puesto que en el albergue sirven desayunos a partir de las 7:00 h, aprovecho para poder tomar un buen café con unas tostadas antes de salir; me vendrá bien.

El tiempo parece mejor que días anteriores; al menos no llueve, aunque también hace algo de viento frío. Llego hasta A Mesa por una carretera en constante descenso. No hay tráfico y con el asfalto frío se camina bien, voy a buen paso aunque no quiero forzar la marcha porque no hay ninguna necesidad. Tras pasar A Mesa llega una fuerte subida, larga y muy pronunciada, que me recuerda que estoy en el Primitivo. Al llegar a la parte alta encuentro un cartel indicando que debido a los trabajos de reacondicionamiento del terreno tras el incendio de 2018, se recomienda tomar un desvío para llegar a Grandas, pero las señales parecen contradecir dicho cartel, ya que siguen indicando el camino original, por donde voy.

Sigo pues las indicaciones del camino y pronto llego a los altos sobre el embalse de Salime; el paisaje es impresionante y cada poco tengo que parar para poder disfrutarlo con tranquilidad. Tras el alto empieza la larga bajada hacia el embalse, 6 km. El entorno es una maravilla. La primera parte de la bajada tiene una pendiente más pronunciada, pero unas vistas sobre el valle y el embalse que compensan con creces. La segunda parte es más suave y circula entre frondosos bosques de castaños. Hay quien dice que la bajada es mala, pero para mi resulta una maravilla, todo un remanso de paz y tranquilidad, un verdadero bálsamo para el espíritu.

Al llegar al final del descenso hay que ir por la carretera. Parece que después de tanta maravilla merecía un poco de castigo, así que toca circular por carretera sin arcén, cuesta arriba y con algo de calor porque el sol empieza a dejarse ver. Bueno, menos mal que el último kilómetro y medio vuelve a ser por bosque, con terreno más amigable. Por fin llego a Grandas, donde encuentro a Lino, con quien voy a comer unas fabes estofadas y merluza a la plancha que no están nada mal. De postre una tarta de queso casera riquísima; hemos comido estupendamente.

En el albergue toca lavar la ropa, descansar un poco y comentar las incidencias del día con el resto de peregrinos del grupo y algunos que no conocía, que poco a poco han ido llegando. Debido al cierre de Castro estamos todos aquí.

28 de abril, etapa 6. Grandas de Salime a A Fonsagrada

Entrando en Galicia

Salgo pronto de Grandas, cuando apenas empieza a clarear. Al principio el camino transcurre entre frondosos bosques, pero pronto salgo otra vez a carretera. El camino circula paralelo a la misma, teniendo que hacer varios kilómetros por ella. Pasado Cereixeira las señales llevan hacia la derecha, a través de un prado, pero está completamente encharcado, por lo que opto por volver a la carretera. Unos kilómetros más adelante, tras haber circulado de nuevo por pista entre bosques, llega un largo tramo de carretera que sube hacia el Puerto del Acebo. Poco a poco la niebla lo va envolviendo todo, aunque se intuye el sol por encima. A medida que se asciende voy dejando abajo las nubes, de modo que a mis pies puedo ver un mar blanco. La última parte del ascenso es duro; el camino es apenas una senda de cabras, escarpada y pedregosa. Llego cansado arriba, donde en la distancia ya se divisa A Fonsagrada.

Mar de nubes

Subiendo el alto he alcanzado a Lino, que salió antes que yo, así que continuamos juntos un trecho. En el descenso dejamos atrás Asturias y entramos ya en Galicia. En el límite hay una placa indicadora, puesta por un vecino ya que la original la arrancaron y se la llevaron. Este hombre, que lleva el bar que está al final de la bajada, nos dice también que han puesto nuevos los mojones indicadores y ya les están arrancando la vieira y la placa con los kilómetros hasta Santiago; añade que le gustaría pillar a alguno de los que se dedican a arrancarlas.

Los 10 km que restan hasta A Fonsagrada son bastante cómodos, por pistas en llano. Excepto el último kilómetro, que tiene una pendiente criminal que me hace llegar arriba reventado.

El albergue municipal está verdaderamente bien, pero nos quedamos aquí sólo unos pocos. La mayoría de los conocidos van a un albergue privado que tiene muy buenas críticas; la verdad es que éste tiene muy poco que envidiarle. Por la tarde, dando una vuelta por el pueblo, encuentro a Thierry y charlamos un poco. La mayor parte de la tarde la paso en el albergue, descansando y a ratos hablando con Lino, que me cuenta muchas cosas sobre su pasado.

En un salón del albergue hay unas hojas manuscritas que hablan sobre la etapa del día siguiente, en las que leo que hay dos posibilidades: quedarse en O Cádavo, como yo tenía pensado, o continuar hasta Castroverde, 8 km más, lo que permitiría llegar pasado mañana más pronto a Lugo y disponer de más tiempo para ver la Catedral, la muralla, el casco antiguo… Serían entonces cerca de 33’5 km. Veremos; al llegar a O Cádavo decidiré, según me encuentre.

29 de abril, etapa 7. A Fonsagrada a Castroverde

Amanecer camino a Cádavo

Si, a Castroverde. Según mi planificación, la etapa de hoy finalizaba en O Cádavo, pero después de leer la posibilidad de alargar hasta Castroverde y tener una etapa más cómoda hasta Lugo decidí no decidir nada y esperar hasta llegar a Cádavo, donde ya tomaría una decisión, según me viera. Y al llegar a O Cadavo he visto que podía continuar y así he hecho.

Poco y a su vez mucho que decir de la etapa. La mayoría por sendas y pistas entre bosques de castaños y unos altos pinos que no parecen autóctonos. Y subiendo, subiendo sin parar. Parece mentira que cuando llegas arriba y ya crees que has subido todo, siempre hay un arriba más arriba que tu arriba. En fin, creo que por suerte mañana hasta Lugo el camino es mayoritariamente en descenso.

30 de abril, etapa 8. Castroverde a Lugo

Llegada a Lugo

Gracias a haber adelantado 8 km en la etapa previa la de hoy es corta, pero se me hace muy pesada. Paso de largo un bar a 7 km de Castroverde pensando que todavía es muy pronto para parar; me arrepentiré de no haberlo hecho, ya que hasta Lugo no hay ningún sitio donde pueda tomarme un café con descanso. Hay niebla, hace frío y noto el cansancio de los kilómetros acumulados y de los de la etapa de ayer. Me siento como cuando en una maratón llegas al muro…

El camino transcurre mayoritariamente por pistas y algunos tramos de carretera, entre bosques de pinos y castaños y algunos prados. Dejo atrás varias granjas; en una de ellas, tumbada en el prado, hay una vaca a punto de parir. Veo también varios caballos y hasta un pony.

LLego a Lugo pronto, muy pronto, a las 11:30 h y como el albergue no abre hasta las 13:00 decido ir a dar una vuelta, aprovechando que el albergue está en el centro mismo, en el casco antiguo. Veo parte de la muralla y la Catedral, solo desde fuera, ya que no quiero entrar con la mochila a cuestas. Vuelvo al albergue, me aseo y salgo a recorrer Lugo y comer algo. Conseguir el sello de la Catedral me cuesta varios viajes a la misma; no doy con la Sacristía abierta, vaya. Por fin, después de comer, consigo el sello. Para comer opto por uno de los muchos restaurantes del casco antiguo, donde ofrecen menús por 10 o 12 euros. Elijo uno en el que pido de primero pimientos rellenos de marisco y merluza a la gallega de segundo. Lo acompaño con un Ribeiro de la casa que resulta estar mejor de lo que esperaba. Nada mal, no señor.

Tras callejear otro poco más busco algún sitio donde poder comprar algo de pan, queso y fruta para cenar y el desayuno de mañana, después de lo cual vuelvo al albergue a descansar. Casualmente en el albergue encuentro a Günter de visita, que junto a la mayor parte del grupo se aloja en albergue de la Chanca. Me cuenta que Helmut, Irna, Paul y él mismo parecen decididos a tomar la variante de Sobrado, como yo. Thierry duda, no lo tiene claro. Nos despedimos y quedamos en vernos en Friol.

Después de la cena y antes de que sea muy tarde invito a Lino a tomar un coñac, ya que mañana será mi cumpleaños. Me dice que nones, que me invita él, que mi cumpleaños es mañana y hoy es hoy. Vamos a una cafetería de la cercana plaza y no puedo evitar que se me adelante al pagar. Es un gran tipo.

No quisiera terminar la crónica del día sin hacer mención de Iris, la hospitalera. Una joven galleguiña que muestra interés por lo que hace; nos aconseja sitios para visitar, para comer, para comprar. Nos cuenta sobre Lugo y sus gentes y también nos escucha a nosotros. Encantadora.