Camino Primitivo. Primera parte

22 de abril. Uviéu

Junto a la estatua de Woody Allen

Llegó el día. Tal y como estaba previsto tomo el AVE de Valencia a Madrid a las 6:30 h. En el tren me rodean usuarios viendo el segundo capítulo de Juego de Tronos en portátiles o tabletas, que yo todavía no he visto; no sé hacia donde mirar para no ver nada. Al llegar a Madrid y puesto que tengo tiempo, decido ir andando hasta la estación Sur de autobuses. Rodeo Atocha y tomo Méndez Álvarez abajo. Es temprano y hace fresco, y aunque no sea la parte más bonita de Madrid, disfruto del paseo por una ciudad que tanto significó para mi. Llego a la estación con tiempo más que suficiente para comer algo y tomar un café. Por fin, unos minutos despúes de la hora prevista, el bus se pone en marcha.

Tras algunas breves paradas para la subida y bajada de viajeros y una más larga en Villalpando para tomar un descanso, sobre las 15:30 llegamos a Oviedo. Al bajar del autobús y recoger mi mochila, encuentro un muchacho de Jaén equipado con mochila, la cual llevaba en el autobús envuelta en una bolsa grande de basura. Obviamente un peregrino y como yo se dirige al albergue municipal. Además de la mochila va cargado con varias bolsas; comida, dice, proporcionada por su tía en Madrid. No sé si es para él solo o si su tía pretendía alimentar a todo el albergue. Tras dar alguna vuelta de más (vaya, tenía que haber seguido las señales del Camino en sentido inverso), llegamos al albergue. Me registro, dejo mis cosas y salgo a dar una vuelta por la ciudad. No conocía Oviedo, y me sorprende gratamente, al menos hasta llegar a la Catedral, donde me llevo la desagradable sorpresa de que cierra a las 18:00 y son las 18:04 cuando he llegado, así que, una vez más en el Camino, me quedo sin verla. No he andado mucho hoy,  pero estoy algo cansado y quiero guardar las fuerzas para el camino, así que decido regresar al albergue a cenar algo y descansar. Mañana empieza lo bueno.

23 de abril, etapa 1. Oviedo a San Juan de Villapañada

Me despierto a las 6:00 h. Mientras estoy recogiendo mi mochila, desde una cama vecina alguien me pregunta si salgo hacia el Primitivo. Respondo que si y me propone salir juntos, que cuatro ojos ven más que dos, a lo que naturalmente accedo. Es Lino, del Ferrol. 69 años, runner (él siempre habla de trotar más que de correr) y con un nieto etíope. Un hombre sencillo y honesto a todas luces que inmediatamente me causa muy buena impresión; hacemos migas inmediatamente. Mientras salimos de Oviedo nos vamos contando sobre nosotros: familia, trabajo, los caminos andados… Una vez hemos dejado atrás la ciudad, en una subida a los pocos kilómetros de marcha, me dice que siga yo a mi ritmo, que él va más lento. Se despide de mi, pero tengo claro que nos habremos de ver más adelante. Aun así, poco sospechaba yo en ese momento que hasta Santiago íbamos a coincidir unas cuantas veces y que caminaríamos juntos unos cuantos kilómetros

Llueve. No mucho pero llueve. Poco a poco van cayendo kilómetros y en una parada que hago para cambiar el chubasquero por la chaqueta, Lino me alcanza y mientras continuamos juntos me dice que a esas horas necesita un café para continuar y me invita a tomar uno. Paramos en un bar cerca de Casa Nueva justo cuando la lluvia comienza a arreciar. En el bar, sentada a una mesa, una chica con los pies y el cuerpo envueltos en plásticos. Junto a ella, su mochila, también envuelta en plástico; una peregrina, sin duda.

Pese a la lluvia decidimos continuar. La tormenta coge fuerza y caminamos bajo un fuerte chaparrón que, afortunadamente, no dura mucho. Poco a poco el sol se sobrepone a las nubes y así, con mejor tiempo, llegamos a Grado, donde comemos y compramos algo para la cena y el desayuno de mañana.

Aunque la mayoría de peregrinos deciden finalizar esta primera etapa en Grado, mi intención es continuar hasta San Juan de Villapañada, como tenía previsto. Lino está conforme conmigo y así pues continuamos el camino. La ruta se hace un poco pesada, entre la lluvia, el barro, subidas y bajadas y algunos tramos de carretera sin un puñetero arcén que permita andar con un poco más de tranquilidad.

Llego a San Juan el primero; poco después lo hará Lino. El albergue está abierto, pero no hay nadie. Llamo a Domingo, al hospitalero, y me dice que nos vayamos acomodando, que más tarde irá él. Me instalo y me aseo y mientras nos dedicamos a descansar un poco van llegando el resto de peregrinos que formarán el grupo que prácticamente nos acompañará hasta Santiago.

Los primeros en llegar son Thierry (francés) y Helmut (alemán). A Helmut lo recuerdo del albergue de Oviedo, no así a Thierry. Poco más tarde llega Günter (austríaco), a quien también vi en Oviedo: se presentó al entrar diciéndome «Hello, I’m Günter, from Austria». Después llegan tres portugueses cuyas mochilas estaban en el albergue cuando llegué y a quienes ya no volveré a ver. Más tarde aparecen Maya y Nancy, dos chicas lituanas propietarias de una enorme maleta que nos llamó la atención al llegar al albergue. Caminan con lo justo y el grueso del equipaje lo envían de albergue en albergue en ese maletón. Finalmente, a última hora, llega Luis, de Logroño. Parece ir un poco a su aire y como el inglés parece no dársele nada bien, no se comunica demasiado. Lino y yo no cocinamos, así que nosotros cenamos mientras el resto prepara la pasta y la carne que Domingo compró para ellos. En el albergue hay algunas botellas de sidra y Lino nos da algunas lecciones sobre como escanciar. Helmut se anima y nos sirve unos tragos; pasamos un buen rato viendo sus progresos en el arte del escanciado. Después intento leer un poco pero entre la fatiga y el barullo del albergue me cuesta mantener la concentración. Cansado, me voy pronto a dormir .

Grado visto desde el albergue de San Juan
Grado visto desde el albergue de San Juan

24 de abril, etapa 2. San Juan de Villapañada a Bodenaya

Amaneciendo en el alto de San Juan

Soy de los primeros en salir del saco. Desayuno con Lino y salgo temprano del albergue, todavía no ha amanecido. Al rato tengo que volver al albergue a buscar mi bastón, que he dejado olvidado. Es la primera vez que me ocurre esto; otras cosas sí he dejado olvidadas, frecuentemente el jabón, pero mi bastón, nunca. Lino se adelanta y ya no vuelvo a verlo hasta Bodenaya, así que hago toda la etapa solo.

El camino se va adentrando en los montes asturianos. Paso por alguna población de cierta importancia, como Cornellana, pero la mayoria de las poblaciones no pasan de ser humildes aldeas de apenas un puñado de casas. Los paisajes son una auténtica maravilla y cada paraje que atravieso resulta más relajante y cautivador que el anterior. Cada paso que doy me siento más contento de estar aquí, más feliz de haber emprendido este camino y de haber elegido esta época para emprenderlo. Con este tiempo, el paisaje asturiano muestra todo su esplendor.

Llueve también durante casi todo el camino, a veces con cierta intensidad. No hay tanta carretera como en la jornada de ayer, aunque también hay algún tramo. Me disgusta especialmente uno con arcén inexistente que puede resultar peligroso, aunque afortunadamente no hay mucho trafico. Llego a Salas demasiado pronto para comer y no me apetece un menú de dos platos, así que opto por pedir un bocadillo de tortilla. Después voy al súper a comprar provisiones para la cena y el desayuno de mañana. Quiero plátanos, pero van envasados de 5 o 6, así que cojo un par de bananas, que van a granel. Más tarde me arrepentiré de haberlas comprado, están incomibles.

Desde Salas a Bodenaya el camino va en constante ascenso. En el alto, ya cerca de Bodenaya, sopla un viento frío que me obliga a cubrirme; empieza a llover un poco. Por fin llego al albergue, donde me recibe Celia. Tengo que hacer mención muy especial del albergue de Bodenaya y de Celia, su hospitalera (no pude conocer a su pareja por estar ausente ese día). En primer lugar, y aunque pueda resultar obvio, diré que Celia es su hospitalera. Quiero decir esto que no es alguien que se limite a registrar, cobrar y colocar al al peregrino, sino que se desvive por hacer nuestra estancia lo más cómoda posible. Sus primeras palabras son de bienvenida y para decirte que estás en tu casa; acomódate, toma lo que necesites, haz lo que te apetezca. Ella y su pareja se encargan de preparar una cena y desayuno comunitarios, de lavar y secar la ropa que has llevado durante el día, de proporcionarte lo que puedas necesitar para hacer tu estancia lo más agradable posible, y todo esto a cambio de la voluntad. Todo un ejemplo a seguir.

Lino ha llegado antes que yo. Después, poco a poco, van llegando más peregrinos. Una de las primeras es Margarita, una chica de Ucrania que resulta ser la que ayer vimos en el bar envuelta en plásticos. Habla inglés bastante mejor que yo, pero conseguimos entendernos y me cuenta cosas de su vida en Ucrania. Curiosamente le gusta la fórmula 1 y hablamos un rato sobre las últimas carreras. En ese momento no lo sabía, claro, pero ya no volveré a verla; me hubiera gustado volver a hablar con ella.

Charlando con Margarita

LLegan también Helmut, Maya y Nancy, Günter y Thierry. También otros peregrinos a quienes no conocía: Irna y Paul, de Holanda, y Martina, checa. Así, la cena comunitaria resulta verdaderamente interesante y variopinta.

De izquierda a derecha: Maya, Günter, Yo, Lino, Thierry, Pedro (padre de Celia), Celia, Martina, Nancy y Paul

25 de abril, etapa 3. Bodenaya a Borres

De camino a Borres

Durante la cena en Bodenaya, Celia nos explica que la hora de levantarse y desayunar debe ser la misma para todos, establecida por acuerdo mutuo. A la hora decidida, un poco más tarde de lo que yo quisiera, me levanto y tras el desayuno comunitario emprendo la marcha. Al tratarse de una hora más tardía voy coincidiendo con varios peregrinos durante la marcha, hasta Campiello.

No llueve apenas, pero sopla un fuerte viento frío, bastante molesto. A ratos luce el sol, pero no consigue calentar. Para complicar las cosas un poco más el camino está muy embarrado y frecuetemente resulta pesado caminar. Llegando a Tineo me despisto en un desvío y tras un rato de camino equivocado tengo que desandar lo andado. Más adelante, en Tineo, me adentro en el pueblo para tomar un café y al querer continuar me dirijo hacia abajo, pensando que ahí está el camino; busco infructuosamente alguna señal y no encuentro, así que pregunto y compruebo que iba en dirección contraria. Toca retroceder otra vez, sumando unos pocos metros de más.

De camino hacia Campiello paso primero por el Alto de Guardia, donde puedo disfrutar de unas magníficas vistas. Más adelante el camino atraviesa un precioso robledal que, además, me refugia del viento. Iba yo así pensando en lo bonito de la etapa, sin apenas carretera como la de ayer, cuando, ¡zas! aparece un tramo de carretera; se me hace muy pesado, más que odioso: largo, sin arcén, en terreno abierto expuesto al fuerte viento que en ocasiones te empuja hacia el centro de la carretera… No veo el momento de llegar. Por fin, al llegar a Campiello, me espera una agradable sorpresa: Lino ha comido ahí y se dispone a seguir hacia Borres, así que tras tomar un café seguimos caminando juntos.

Llegando a Borres me dice Lino que ha decidido ir a un albergue privado y puesto que en este caso no tengo preferencias, decido unirme a él. Cuando llegamos al albergue comprobamos que es nuevo, prácticamente lo estrenamos nosotros. Está bastante bien, pero tiene algunos fallos en instalaciones (como por ejemplo algunos desagües) y no tiene ni la décima parte de la vida y calor que tiene el de Bodenaya. Y Raimundo no es Celia, ni mucho menos.

Toca hacer colada. Mientras estoy lavando la ropa persiste el frío viento, además de que empieza a caer una fina lluvia. El lavadero está descubierto y poco a poco el frío me va calando. Tras tender la ropa me preparo un café con leche muy caliente y me siento, tapado con una manta, a ver caer la lluvia a través de un ventanal del albergue. La llovizna se convierte en un fuerte chaparrón; a lo lejos, en el camino, distingo una figura cubierta por un poncho naranja. Camina muy despacio, apoyada en dos bastones, por lo que creo reconocer a una mujer no muy mayor que adelanté por la mañana. Bajo la fuerte lluvia paso a paso va acercándose hasta el desvío que sube hacia el albergue municipal. Parece dudar un momento y emprende trabajosamente la subida hacia el albergue. Unos minutos después desaparece en el interior del edificio; espero que pueda secarse y descansar un poco, lo tiene bien merecido.

Poco después, tras la lluvia, llega una pareja. Ingleses o australianos pienso yo. Luego me dirán que son del desierto, de Arizona, y que no están acostumbrados a este frío. Tras dejar sus mochilas desaparecen y ya no vuelvo a verlos hasta la hora de la cena, en el bar. Ceno una sopa caliente y después una tortilla que no me puedo terminar. Muy amablemente la mujer que me atiende me sugiere hacerme un bocadillo con el sobrante de tortilla, con lo que tengo almuerzo para mañana.

En el bar coincido con Günter, que se aloja en el albergue municipal. Me cuenta que también quiere hacer la etapa siguiente por Hospitales, como Lino y yo. Hablamos sobre la etapa y lo adecuado de tomar la variante de Hospitales o seguir por Pola; veremos si el tiempo nos lo permite. Con mal tiempo, especialmente si hay niebla, no es recomendable el paso por Hospitales. Por si acaso llevo preparado en mi móvil y en el reloj el track del paso por el alto. Günter también lleva la ruta en el móvil, en la aplicación Locus Map; yo utilizo OruxMaps. Puede resultar de especial ayuda el uso del reloj, ya que tiene la opción de producir un aviso en caso de desviación de la ruta, lo que permite caminar sin necesidad de estar mirando la pantalla del móvil; con un simple giro de muñeca puedo saber si estoy en la ruta o no y además si me despisto puedo recibir un aviso. Aun así, no conviene confiarse.

Todavía con el frío en el cuerpo me voy a descansar; me meto en el saco con la camiseta térmica y cubierto con una manta. Poco a poco conseguiré entrar en calor y dormir unas horas.

26 de abril, etapa 4. Borres a Berducedo, por Hospitales

Bifurcación del camino

Salimos Lino y yo de Borres, con la idea de tomar la variante de Hospitales tal y como ya habíamos hablado y si tenemos constancia de que el tiempo lo pueda permitir. Aunque solemos coincidir sobre todo en la salida y la llegada y en ocasiones en algún tramo de la etapa, habitualmente cada uno va a su aire, de modo que la mayor parte de las etapas las hago solo. Pero el sentido común aconseja no ir solo por Hospitales, de modo que nos hemos puesto previamente de acuerdo para caminar juntos.

Aunque el cielo está cubierto no llueve y aparece algún claro, por lo que optamos por la opción de Hospitales. Nada más llegar al desvío empieza la subida. Serán casi 15 kilómetros de ascenso, partiendo desde los 600 m de Borres hasta llegar casi a los 1.300 m. A medida que ganamos altura las condiciones van empeorando; sopla un fuerte viento frío y aparece la lluvia, que más tarde se convertirá en aguanieve. Pero lo que más tememos, la niebla, decide respetarnos. Vemos algunos bancos, casi todos por debajo de nosotros, por lo que en todo momento tenemos el camino despejado. Lo que también tenemos es agua, tanto por arriba como por abajo; el terreno está completamente encharcado, tanto que muchas veces cuesta encontrar pasos que permitan avanzar sin tener que meter los pies en el agua o el barro. Mis botas resisten más o menos y mantengo los pies bastante secos, pero Lino tiene los pies empapados; llega un momento en que ya no le importa donde pisa.

Lo poco que podemos ver del paisaje nos deja boquiabiertos; es impresionante; aunque el tiempo no haya acompañado no nos arrepentimos de la decisión tomada. La niebla no es tan compacta como para impedir la visibilidad del paisaje y el camino y aunque por precaución activo la navegación en el reloj, resulta innecesaria (de todas formas voy echando vistazos para asegurarme). Por fin llegamos al alto de Hospitales, tras el que comienza el descenso. El primer tramo de bajada resulta muy pesado, por una fuerte pendiente con piedras sueltas. Paulatinamente el terreno mejora, así como el tiempo; parece que junto con el alto hemos dejado atrás el viento y la lluvia.

Al llegar a Lago nos encontramos con que el bar ha cerrado; otra vez nos quedamos sin café. Estoy cansado y decido parar a descansar un poco y comer algo. Lino continúa y quedamos en vernos en Berducedo, pero cuando llego, al no verlo, le llamo y me dice que ha decidido continuar hacia A Mesa, a 4 kilómetros. Espero volver a verlo. Como he llegado tan pronto, voy viendo llegar a todos: Carlos, un argentino que viene desde Pola, al que hemos adelantado en la bajada; Thierry, Luis el logroñés y Martina con Irna, la holandesa. Más tarde llegan las chicas libanesas (Nancy y Maya) junto con Helmut y Paul, el holandés. No he visto a Günter, quizá está en otro albergue.

Por la tarde, después de descansar un par de horas, coincidimos varios en el bar del albergue. Thierry me ofrece tomar un vino y charlamos con Irna y Paul. También hablo unos minutos con Martina, que me cuenta que está viviendo en Inglaterra, en Cambridge. Me cuenta que trabaja dando clases de educación física a niños a partir de los 4 meses y me muestra algunos vídeos de criaturas de pocos meses haciendo ejercicios; coincido con ella en que es un trabajo muy bonito.

Más tarde llegan dos peregrinas más, dos chicas colombianas, Cindy y Natalia. A última hora, cuando estamos hablando de la etapa de mañana, pregunto a la hospitalera por el albergue de Castro. Me responde que está bien pero que es pequeño, por lo que resulta aconsejable reservar; aunque seguramente llegaría de los primeros podría encontrarme con todas las plazas reservadas. Así que me hace el favor de llamar ella misma y nos encontramos con la sorpresa de que tanto el sábado como el domingo el albergue estará cerrado por causa de las elecciones, ya que se usa como colegio electoral. Toca cambiar de planes: mañana hay que ir hasta Grandas de Salime, 5 km antes de Castro. El siguiente albergue está a 20 km de Castro y sería demasiada distancia para un día. Bueno, desde el principio tuve claro que había que estar preparado para posibles cambios, por cualquier circunstancia.

27 de abril, etapa 5. Berducedo a Grandas de Salime

Camino a Grandas

Hoy la etapa es más corta de lo que tenía previsto, debido al cambio de planes por el cierre del albergue de Castro. Puesto que en el albergue sirven desayunos a partir de las 7:00 h, aprovecho para poder tomar un buen café con unas tostadas antes de salir; me vendrá bien.

El tiempo parece mejor que días anteriores; al menos no llueve, aunque también hace algo de viento frío. Llego hasta A Mesa por una carretera en constante descenso. No hay tráfico y con el asfalto frío se camina bien, voy a buen paso aunque no quiero forzar la marcha porque no hay ninguna necesidad. Tras pasar A Mesa llega una fuerte subida, larga y muy pronunciada, que me recuerda que estoy en el Primitivo. Al llegar a la parte alta encuentro un cartel indicando que debido a los trabajos de reacondicionamiento del terreno tras el incendio de 2018, se recomienda tomar un desvío para llegar a Grandas, pero las señales parecen contradecir dicho cartel, ya que siguen indicando el camino original, por donde voy.

Sigo pues las indicaciones del camino y pronto llego a los altos sobre el embalse de Salime; el paisaje es impresionante y cada poco tengo que parar para poder disfrutarlo con tranquilidad. Tras el alto empieza la larga bajada hacia el embalse, 6 km. El entorno es una maravilla. La primera parte de la bajada tiene una pendiente más pronunciada, pero unas vistas sobre el valle y el embalse que compensan con creces. La segunda parte es más suave y circula entre frondosos bosques de castaños. Hay quien dice que la bajada es mala, pero para mi resulta una maravilla, todo un remanso de paz y tranquilidad, un verdadero bálsamo para el espíritu.

Al llegar al final del descenso hay que ir por la carretera. Parece que después de tanta maravilla merecía un poco de castigo, así que toca circular por carretera sin arcén, cuesta arriba y con algo de calor porque el sol empieza a dejarse ver. Bueno, menos mal que el último kilómetro y medio vuelve a ser por bosque, con terreno más amigable. Por fin llego a Grandas, donde encuentro a Lino, con quien voy a comer unas fabes estofadas y merluza a la plancha que no están nada mal. De postre una tarta de queso casera riquísima; hemos comido estupendamente.

En el albergue toca lavar la ropa, descansar un poco y comentar las incidencias del día con el resto de peregrinos del grupo y algunos que no conocía, que poco a poco han ido llegando. Debido al cierre de Castro estamos todos aquí.

28 de abril, etapa 6. Grandas de Salime a A Fonsagrada

Entrando en Galicia

Salgo pronto de Grandas, cuando apenas empieza a clarear. Al principio el camino transcurre entre frondosos bosques, pero pronto salgo otra vez a carretera. El camino circula paralelo a la misma, teniendo que hacer varios kilómetros por ella. Pasado Cereixeira las señales llevan hacia la derecha, a través de un prado, pero está completamente encharcado, por lo que opto por volver a la carretera. Unos kilómetros más adelante, tras haber circulado de nuevo por pista entre bosques, llega un largo tramo de carretera que sube hacia el Puerto del Acebo. Poco a poco la niebla lo va envolviendo todo, aunque se intuye el sol por encima. A medida que se asciende voy dejando abajo las nubes, de modo que a mis pies puedo ver un mar blanco. La última parte del ascenso es duro; el camino es apenas una senda de cabras, escarpada y pedregosa. Llego cansado arriba, donde en la distancia ya se divisa A Fonsagrada.

Mar de nubes

Subiendo el alto he alcanzado a Lino, que salió antes que yo, así que continuamos juntos un trecho. En el descenso dejamos atrás Asturias y entramos ya en Galicia. En el límite hay una placa indicadora, puesta por un vecino ya que la original la arrancaron y se la llevaron. Este hombre, que lleva el bar que está al final de la bajada, nos dice también que han puesto nuevos los mojones indicadores y ya les están arrancando la vieira y la placa con los kilómetros hasta Santiago; añade que le gustaría pillar a alguno de los que se dedican a arrancarlas.

Los 10 km que restan hasta A Fonsagrada son bastante cómodos, por pistas en llano. Excepto el último kilómetro, que tiene una pendiente criminal que me hace llegar arriba reventado.

El albergue municipal está verdaderamente bien, pero nos quedamos aquí sólo unos pocos. La mayoría de los conocidos van a un albergue privado que tiene muy buenas críticas; la verdad es que éste tiene muy poco que envidiarle. Por la tarde, dando una vuelta por el pueblo, encuentro a Thierry y charlamos un poco. La mayor parte de la tarde la paso en el albergue, descansando y a ratos hablando con Lino, que me cuenta muchas cosas sobre su pasado.

En un salón del albergue hay unas hojas manuscritas que hablan sobre la etapa del día siguiente, en las que leo que hay dos posibilidades: quedarse en O Cádavo, como yo tenía pensado, o continuar hasta Castroverde, 8 km más, lo que permitiría llegar pasado mañana más pronto a Lugo y disponer de más tiempo para ver la Catedral, la muralla, el casco antiguo… Serían entonces cerca de 33’5 km. Veremos; al llegar a O Cádavo decidiré, según me encuentre.

29 de abril, etapa 7. A Fonsagrada a Castroverde

Amanecer camino a Cádavo

Si, a Castroverde. Según mi planificación, la etapa de hoy finalizaba en O Cádavo, pero después de leer la posibilidad de alargar hasta Castroverde y tener una etapa más cómoda hasta Lugo decidí no decidir nada y esperar hasta llegar a Cádavo, donde ya tomaría una decisión, según me viera. Y al llegar a O Cadavo he visto que podía continuar y así he hecho.

Poco y a su vez mucho que decir de la etapa. La mayoría por sendas y pistas entre bosques de castaños y unos altos pinos que no parecen autóctonos. Y subiendo, subiendo sin parar. Parece mentira que cuando llegas arriba y ya crees que has subido todo, siempre hay un arriba más arriba que tu arriba. En fin, creo que por suerte mañana hasta Lugo el camino es mayoritariamente en descenso.

30 de abril, etapa 8. Castroverde a Lugo

Llegada a Lugo

Gracias a haber adelantado 8 km en la etapa previa la de hoy es corta, pero se me hace muy pesada. Paso de largo un bar a 7 km de Castroverde pensando que todavía es muy pronto para parar; me arrepentiré de no haberlo hecho, ya que hasta Lugo no hay ningún sitio donde pueda tomarme un café con descanso. Hay niebla, hace frío y noto el cansancio de los kilómetros acumulados y de los de la etapa de ayer. Me siento como cuando en una maratón llegas al muro…

El camino transcurre mayoritariamente por pistas y algunos tramos de carretera, entre bosques de pinos y castaños y algunos prados. Dejo atrás varias granjas; en una de ellas, tumbada en el prado, hay una vaca a punto de parir. Veo también varios caballos y hasta un pony.

LLego a Lugo pronto, muy pronto, a las 11:30 h y como el albergue no abre hasta las 13:00 decido ir a dar una vuelta, aprovechando que el albergue está en el centro mismo, en el casco antiguo. Veo parte de la muralla y la Catedral, solo desde fuera, ya que no quiero entrar con la mochila a cuestas. Vuelvo al albergue, me aseo y salgo a recorrer Lugo y comer algo. Conseguir el sello de la Catedral me cuesta varios viajes a la misma; no doy con la Sacristía abierta, vaya. Por fin, después de comer, consigo el sello. Para comer opto por uno de los muchos restaurantes del casco antiguo, donde ofrecen menús por 10 o 12 euros. Elijo uno en el que pido de primero pimientos rellenos de marisco y merluza a la gallega de segundo. Lo acompaño con un Ribeiro de la casa que resulta estar mejor de lo que esperaba. Nada mal, no señor.

Tras callejear otro poco más busco algún sitio donde poder comprar algo de pan, queso y fruta para cenar y el desayuno de mañana, después de lo cual vuelvo al albergue a descansar. Casualmente en el albergue encuentro a Günter de visita, que junto a la mayor parte del grupo se aloja en albergue de la Chanca. Me cuenta que Helmut, Irna, Paul y él mismo parecen decididos a tomar la variante de Sobrado, como yo. Thierry duda, no lo tiene claro. Nos despedimos y quedamos en vernos en Friol.

Después de la cena y antes de que sea muy tarde invito a Lino a tomar un coñac, ya que mañana será mi cumpleaños. Me dice que nones, que me invita él, que mi cumpleaños es mañana y hoy es hoy. Vamos a una cafetería de la cercana plaza y no puedo evitar que se me adelante al pagar. Es un gran tipo.

No quisiera terminar la crónica del día sin hacer mención de Iris, la hospitalera. Una joven galleguiña que muestra interés por lo que hace; nos aconseja sitios para visitar, para comer, para comprar. Nos cuenta sobre Lugo y sus gentes y también nos escucha a nosotros. Encantadora.