Otra gota de agua que colma el vaso, que ya rebosa

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El pasado 24 de enero el Gobierno anunció una bajada del IVA del 21% al 10% que afecta a pintores, marchantes, fotógrafos, performers, galeristas e incluso a artistas falleros. Bien, muy bien, salvo que en realidad no está tan bien. Por ejemplo, en los primeros meses de aplicación de la subida al 21%, la recaudación de IVA en los teatros españoles sufrió un descenso del 26%, producto de la disminución de más del 30% en el número de espectadores. Algo similar ocurre en el cine, con una destrucción de empleo y de actividad económica calculada en torno al 20% y un empobrecimiento de la actividad cultural en nuestro país. Cada vez son más las distribuidoras que se niegan a estrenar en España alegando que las condiciones que imperan la convierten en un mercado nada atractivo.

Pero afortunadamente el Gobierno ha decidido retractarse de su metedura de pata y volver a dejar el IVA en unos niveles razonables; aun por encima de otros países europeos, pero razonables. O eso es lo que parece, porque por el momento el único IVA que baja es el del arte. ¿Y esto? ¿Cómo y en qué nos afecta? Pues me temo que muy poco. La mayoría de nosotros, la mayoría de los ciudadanos de a pie, no somos clientes del arte. No compramos más obras de arte que los cuadros o figuras que podemos adquirir en tiendas de decoración, ni por supuesto invertimos en pinturas, esculturas u otro tipo de productos artísticos. En mi caso particular, como valenciano que soy, puede que note alguna mejoría en los monumentos que se quemaran en las calles de Valencia el próximo año (los de este año deben estar ya finalizados, a estas alturas). Entonces, ¿a quien beneficia? Pues a los de siempre, a quienes tienen poder y dinero para gastar, negociar o invertir en arte; a los ricos y pudientes adinerados que, una vez más, se ven beneficiados por las medidas de este Gobierno que se ha propuesto machacar a la clase trabajadora de este país, con el fin de que unos cuantos puedan vivir cada vez mejor, aún en estos años de crisis. A una clase social carente de escrúpulos que todavía ve escasa su riqueza y quiere más y más, importando muy poco que ese beneficio salga de nuestros bolsillos, del tuyo y del mío. ¿Y a nosotros? No, a nosotros no nos beneficia en nada. Esperemos que a esta bajada sigan bajadas similares en otros sectores, como el cine o el teatro, que sí nos puede beneficiar. Pero visto el curso de los acontecimientos y lo poco que importa a este Gobierno la clase trabajadora no creeré en esta medida hasta que no la vea con mis propios ojos. No será la primera vez que nos engañan miserablemente. Ni será, por desgracia, la última.

Partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cumbres de la miseria

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Esta frase del gran Groucho Marx define como pocas lo que ahora mismo pienso yo de la raza humana, especialmente de aquella parte que se dedica a la política.

Constantemente me encuentro pensando que no es posible llegar más bajo, pero cada vez tengo que reconocer mi error y asumir que si, sí es posible ser cada vez más ruin y falto de escrúpulos. Hace unas semanas escuchando al Papa Francisco decir que “sólo me viene la palabra vergüenza, es una vergüenza” cuando se refería a la tragedia de Lampedusa, pensaba que no podía estar más de acuerdo con él (¡quien me lo iba a decir a mi!). Cierto, de auténtica vergüenza es dejar morir a cientos, a miles de hombres, mujeres y niños cuyo pecado consiste en haber nacido en el lugar equivocado en el momento más inapropiado. Seres humanos, como tu y como yo, que solo buscan sobrevivir, de la manera más digna posible. Sin necesidad de traspasar nuestras fronteras podemos encontrar ejemplos de estos comportamientos indignos; por ejemplo el caso de la trabajadora que fue despedida por ausentarse de su puesto el día de su desahucio. Premio doble: te quedas sin vivienda y además, sin trabajo. Una auténtica crueldad; es cebarse con el que ya está penado.

Pero de todas las aberraciones que he escuchado u oído últimamente, la peor es, sin ninguna duda, la instalación de una verja de cuchillas en la frontera de Melilla. Ya no se trata de la inacción que propicia la muerte de tantos inmigrantes en las aguas del Mediterráneo, ni de la acción que conlleva consecuencias vejatorias para las personas. Se trata de una acción directa que se sabe a ciencia cierta que tendrá consecuencias desastrosas para quienes intenten saltar la valla. Porque por alta que sea la valla, por afiladas que sean las concertinas (bonito nombre para tan terrible instrumento), por insalvables que puedan parecer los obstáculos que se interpongan, la desesperación de quienes ya no tienen nada que perder, salvo la propia vida, les empujará al intento, con las consecuencias que ya conocemos: cortes, desgarros, terribles heridas que pueden llevar incluso a la muerte. No se puede cercar la miseria y esperar que no llegue hasta nosotros; no podemos seguir con los brazos cruzados mientras todo esto ocurre a nuestro alrededor, a nuestras puertas. Debemos actuar, y pronto; hay que poner remedio a esta situación. Pero, por encima de todo, lo que no debemos consentir de ninguna manera es que se siga actuando para aumentar el sufrimiento de quienes ya han visto sobrepasada su cuota de desgracia.

Partimos de la nada para alcanzar la más alta cota de miseria. Sólo espero que esta sea realmente la más alta y que, en adelante, el camino sea de bajada.