Roncesvalles

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En Camino otra vez. Después de superar unas cuantas dificultades por fin hemos conseguido volver a ponernos en marcha, aunque en mi caso sea para repetir. Mi muy querida Lur se apuntó al Camino Francés cuando Virginia, Carmentxu y yo ya  habíamos andado el primer tramo, desde Saint Jean Pied de Port hasta Logroño. Este año tendríamos que haber hecho el último tramo, desde Ponferrada hasta Santiago, pero por diversas circunstancias no ha sido posible. Así que Lur y yo decidimos que podíamos hacer ese primer tramo, ella para poder tener el Camino completo cuando el año que viene terminemos y yo… porque cualquier excusa es buena para calzarse las botas y echarse a caminar. Bueno, y también por otro motivo: cuando hace tres años hicimos Virginia, Carmentxu y yo la primera etapa, desde Saint Jean hasta Roncesvalles, tuvimos la mala suerte de hacerla con una intensa niebla que nos impidió disfrutar de los paisajes de los que habíamos oído hablar y que motivaron que iniciáramos el Camino desde Saint Jean, en vez de hacerlo desde Roncesvalles. Así que me pareció una muy buena oportunidad de repetir la etapa.
Y la suerte nos acompañó en esta ocasión. Disfrutamos de un tiempo idóneo para la marcha: despejado en su mayoría, aunque a veces alguna nube cubría el sol, con un viento fresco que facilita mucho el andar, especialmente cuando tienes que hacerlo cuesta arriba y con 9 kilos a la espalda, además de los propios. Pero esto no quita el hecho de que sea una etapa dura: subir desde los aproximadamente 200 metros de Saint Jean hasta casi 1.400, para luego bajar a los 800 de Roncesvalles resulta un auténtico rompe piernas, haga mal o buen tiempo. En esta ocasión para la bajada optamos por la variante suave, que tampoco es que sea un paseo dominical, pero es bastante más llevadera que la bajada original, kilómetros y kilómetros de fuertes pendientes que resultan completamente agotadoras.
Y así, tras algo más de 7 horas de marcha, llegamos a Roncesvalles. En su día me admiró el albergue, y en esta ocasión ha vuelto a hacerlo. Su ubicación, en el impresionante edificio de la Colegiata, y lo bien organizado y conservado de de sus instalaciones hacen que la estancia sea una auténtica maravilla.
A la hora de la cena compartimos mesa con un Australiano cuyo nombre no recuerdo (la verdad es que ni lo llegué a entender, por el fuerte acento del inglés hablado en Australia). Nos contó parte de su vida y de como conoció a su partner española, motivo por el cual él está ahora en España. Nos habló de las rutas que el hacía en su tierra, de varios cientos de kilómetros y con mochila de hasta 20 kilos. En algunos parajes hay que llevar hasta 6 litros de agua, por la imposibilidad de encontrarla en el camino. Ahora está retirado, y se dedica a viajar de un sitio a otro, para estar con su familia, desperdigada por distintos puntos de Australia y España. De mayor quiero ser como él.

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