Camino Primitivo. Tercera parte (y última)

3 de mayo, etapa 11. Sobrado dos Monxes a O Pedrouzo

Carretera hacia Lavacolla

Uno de mis vecinos de litera resulta ser un experto roncador y para mi desgracia esta vez olvidé traer tapones para los oídos. Intento no prestar atención y abstraerme pero me cuesta dormir; improviso unos tapones con un pañuelo de papel, pero no son tan efectivos, así que no consigo descansar mucho esta noche.

Siguiendo mi rutina me levanto a las 6:00 h, desayuno en el el albergue y me pongo en camino cuando empieza a clarear. El Camino del Norte está bastante mejor trazado y señalizado que las dos etapas de la variante que caminé en las dos jornadas previas; además ya han quedado atrás las montañas, así que se camina bastante mejor, con suelo firme y seco y sin tanta subida y bajada. Pese a ser un camino más transitado, como he salido pronto voy solo.

Tras unos 13 Km de marcha llego a Boimorto, al punto en el que nuevamente se bifurca el camino. Allí hay un cartel en el que se reflejan las dos alternativas posibles: seguir el camino tradicional, hacia Arzúa, con lo que quedarían 47 Km hasta Santiago, o tomar el desvío hacia Lavacolla, con 40 Km de recorrido. Aunque ya estoy decidido, me tomo unos minutos para estudiar el plano, más por curiosidad que por necesidad. Soy consciente de que esta alternativa transcurre en buena parte por carretera a través de zonas más despobladas, pero mi intención es clara: quiero llegar a Pedrouzo hoy y tomando esta variante me ahorro unos kilómetros y me incorporo más tarde al camino Francés.

La carretera está muy poco transitada; circula flanqueada por prados y bosques de pinos y eucaliptos que dan buena sombra, hace fresco y se camina bien. Pero esta mañana he cometido un error que más tarde me pondrá en una situación incómoda: por aligerar un poco la mochila solo he llenado la cantimplora a medias y conforme voy avanzando kilómetros mi reserva de agua va disminuyendo.

En torno al Km 20, después de dejar atrás una explotación agraria que más tarde me enteraré que es propiedad de Florentino Pérez, llego a la Ermida da Mota. Una preciosa ermita rodeada de una magnífica carballeira (bosque de robles). Junto a la carretera hay un coche detenido; su conductor, fuera del mismo, está hablando con el de un camión que está parado en la carretera. Mientras me acerco al lugar en el que se encuentran, el camión emprende la marcha y el hombre del coche, Juan, se acerca a mi y entablamos conversación. Es de la zona, aunque actualmente vive en Ferrol, y me cuenta la historia de la ermita y sobre las tres romerías que se celebran al año, incluyendo la Romaria do Demo (del diablo). Me cuenta también que los robles que la rodean fueron plantados por los lugareños, uno por cada hijo que se fue a la mili. Y justo aquí cometo mi segundo error: aunque Juan me habla de la fuente que hay cerca de la ermita, estoy tan enfrascado escuchando sus explicaciones que no caigo en rellenar la cantimplora.

Ermida da Mota

Al llegar a Goimil alcanzo el punto donde tengo que dejar el camino señalizado y tomar el desvío que me permitirá llegar hasta Santa Irene, ya en el camino Francés, y de ahí a Pedrouzo. Puesto que ya llevo caminados unos 23 kilómetros decido que es un buen momento para descansar un poco y comer algo. En el cruce hay algunas casas y un bar, pero está cerrado, así que me siento al sol en un banco de piedra y como algo de lo que llevo en la mochila. Me queda muy poca agua, espero encontrar alguna fuente.

Continúo caminando; tomo hacia la izquierda y luego a la derecha otra vez y me incorporo a una carretera de menor orden, ya sin nada de tráfico y que atraviesa zonas todavía menos pobladas. Ahora estoy fuera del camino y ya no hay señales, así que me guío con la ayuda del track grabado en el reloj y de vez en cuando echando una ojeada al móvil, a la aplicación OruxMaps. El sol aprieta un poco y empieza a hacer algo de calor. Al principio atravieso zonas arboladas, que me proporcionan frescura, pero poco a poco el paisaje va cambiando y los campos de cultivo sustituyen a los bosques. Al llegar a A Fraga me encuentro con una autovía en construcción. Hay un paso sobre la misma que me lleva al otro lado, pero tardo unos minutos en recuperar la ruta, ya que hay varias pistas conectadas; tengo que retroceder un par de veces hasta que doy con el camino correcto. Me he puesto un poco nervioso, pero poco a poco me tranquilizo al comprobar que el camino que sigo coincide con la ruta guardada.

Dos kilómetros más adelante, en un grupo de casas a la altura de O Cabo, cuando me deben faltar unos 10 Km para llegar a Pedrouzo, busco algún sitio donde poder rellenar la cantimplora. No veo ninguna fuente, así que opto por buscar alguna vivienda habitada y preguntar. En un huerto hay una anciana que se mantiene en pie ayudada por dos palos que utiliza a modo de muletas; me acerco y le pregunto por una fuente. Me responde en una mezcla de gallego y castellano, con fuerte acento, pero me parece entender que no hay ninguna en las cercanías. Junto a ella hay otra mujer, más joven, que imagino será su hija; está agachada cuidando algunas plantas del huerto. La anciana me dice que si es para beber me pueden dar agua, que «hay que dar de beber al sediento» y esto lo entiendo perfectamente. Me acerco hacia la puerta de la vivienda y su hija me saca una jarra de agua que bebo con ganas pero con tranquilidad. La anciana me pregunta (si no es mucho preguntar) de dónde soy, si voy a Santiago y desde donde vengo andando. Una bendición en el camino; les quedo muy agradecido.

Poco a poco me voy acercando a la intersección con el camino Frances. Y lo que son las casualidades, nada más incorporarme me encuentro con Irna, que al principio no me reconoce (por el sombrero, dice). Me cuenta que ha quedado con Günter y Helmut en Pedrouzo y yo le explico que los ví ayer, en Sobrado. Me dice también que Thierry ha tenido un problema en un pie y decidió acampar un par de días para recuperarse; es una pena, si llega más tarde a Santiago ya no podré volver a verle.

Me quedan unos 6 kilómetros para llegar a Pedrouzo; tengo ganas de llegar y acelero un poco el paso, a pesar del cansancio. En estos últimos kilómetros encuentro más peregrinos de los que he visto en total en las 11 etapas que llevo, contando ésta. Mientras voy caminando llamo a Lino para preguntarle por dónde anda y me dice que ha pasado por Pedrouzo y que ha decidido continuar hasta Monte do Gozo, para poder llegar muy temprano a Santiago. Ha tenido la consideración de pasar por el albergue para cancelar una de las dos reservas que hice dos días atrás, cuando estábamos en Lugo.

Por fin llego a Pedrouzo, tras 39 kilómetros de camino. Estoy rendido, pero decido que lo primero que voy a hacer es tomarme una cerveza bien fría, que me la tengo bien ganada. Después me dirijo al albergue y tras los consabidos trámites de registro me aseo y descanso un par de horas, entre la cama y los sillones del salón. Más tarde salgo a dar una vuelta por Pedrouzo; no veo a Günter ni a Helmut, ni a Irna tampoco. Compro algo para el desayuno de mañana y busco algún sitio para cenar. No quiero comer un menú, así que me decanto por un local mitad tienda de productos gastronómicos de la zona, mitad restaurante, aunque un tanto peculiar: el local tiene una única mesa grande, alargada, en torno a la cual se sientan los comensales. Me siento en un sitio libre en un extremo de la mesa y tras echar una hojeada a los platos del día dudo entre pedir una lasaña vegetal o un bocadillo de jamón asado con queso de Arzúa y tomate y me decanto por el bocadillo, que me sabe francamente bien. Vuelvo al albergue y como todavía no es muy tarde dedico un tiempo a leer y escribir. Poco a poco el cansancio puede conmigo; además mañana quiero levantarme más pronto que de costumbre, para poder llegar temprano a Santiago y encontrarme con Merche lo antes posible.

4 de mayo, etapa 12. O Pedrouzo a Santiago

Con Merche, en la Praza do Obradoiro

Decía yo de ayer que uno de mis vecinos de litera resultó ser un experto roncador, pero para mi desgracia no era mas que un simple aficionado en comparación con el individuo con quien he tenido el gusto de compartir habitación esta noche. En diferentes ocasiones, como de joven en los Scouts o en los albergues de los caminos, he coincidido con varias personas cuyos ronquidos nos han acompañado durante la noche, en mayor o menor medida. Pero nunca en la vida, jamás, había encontrado alguien que roncase como mi vecino de esta noche, no con tan tremendos volumen y potencia. Sencillamente espeluznante; no tengo palabras para describirlo, algo que me costará tiempo olvidar.

A las 5:00 h suena mi despertador y me levanto; mal que bien he conseguido dormir unas horas. Recojo mis cosas y bajo a la sala común a desayunar. Hay una máquina de café, pero la muy engreída me muestra el rótulo «Introducir importe exacto» cuando le enseño mi moneda de 1 euro. Nada que hacer; está claro que mi penitencia en este camino ha sido ponerme en marcha sin conseguir tomarme un café. Resignado, cargo la mochila a la espalda y me pongo en camino. Llevo el frontal, pues todavía no ha amanecido.

Partiendo de Pedrouzo el camino sale por una calle que sube hacia el monte. A unos 500 m aproximadamente un mojón indica que hay que desviarse hacia la izquierda, entrando en el bosque. Justo en ese punto hay un chico detenido que me pregunta si sé hacia donde es el camino, lo que me sorprende porque parece evidente. Su duda se debe a que justo al entrar en el bosque se ven dos caminos, y no sabe cuál tomar. Se alumbra con la luz de su móvil y no se ha dado cuenta de que en un árbol una flecha amarilla señala la dirección correcta; se la indico y nos ponemos en marcha. Caminamos más o menos juntos, pero de manera independiente. Procuro que la luz de mi frontal nos alumbre el camino a ambos, por lo que poco tiempo después decide apagar su móvil. Esta primera parte de la etapa transcurre por bosques de pinos mayoritariamente, lo que contribuye a disminuir la visibilidad, así que tenemos que ir con cuidado para no saltarnos ninguna señal ni mojón. Paulatinamente la luz del día va ganando terreno, hasta que por fin puedo apagar el frontal y caminar con luz natural.

Poco a poco he ido entablando conversación con mi acompañante. Se llama Guillermo, tiene 24 años y es de Madrid. Graduado en ADE (en inglés, puntualiza), se incorporó hace unos meses al mundo laboral y quiso aprovechar los festivos del 1 y 2 de mayo para lanzarse a recorrer el camino desde Sarria. Su intención no era ir solo, pero no hubo acuerdo con sus amigos y decidió venir pese a todo. Madrileño, 24 años … no puedo evitar pensar que es como si fuera acompañado de mi hijo Carlos, de la misma edad y nacido en Madrid, aunque tenía apenas año y medio cuando volvimos a Valencia. Seguimos caminando cada uno a su ritmo, coincidiendo varias veces y distanciándonos otras tantas. Al llegar a Villamayor voy yo por delante; me detengo junto a Casa Amancio e invito a Guillermo a tomar un café; me confiesa que hace rato que está soñando con tomar uno. Me cae bien este chaval.

Después de la pausa seguimos juntos los 5 Km que restan hasta el Monte do Gozo, mientras nos seguimos contando sobre nosotros. Al llegar al monte descubrimos que el paraje está un tanto desangelado, con el monumento rodeado de vallas y que ya no se puede sellar la credencial, como anteriormente. La emoción de saber que tengo Santiago a un tiro de piedra y que ahí me espera Merche me hace olvidarme de todo lo demás, así que la llamo para decirle que ya estoy cerca, muy cerca.

Monte do Gozo

Mientras hablo con ella Guillermo me dice que continúa caminando, de modo que los 5 Km que restan hasta Santiago los haré solo. Bueno, todo lo solo que puede estar un peregrino entrando en Santiago. Poco a poco me voy acercando al punto de encuentro acordado, el cruceiro en la entrada de la Rua San Pedro. Los kilómetros a través de la ciudad se hacen largos, pero invariablemente van cayendo unos tras otros. Por fin, llego al cruceiro; necesito soltar la mochila para poder abrazar a Merche; la he echado mucho de menos.

Lino me había enviado un mensaje diciendo que también acudiría al encuentro, pero no lo veo. Lo llamo y me dice que está en la Porta do Camiño, que había entendido que era ahí donde habíamos quedado; está al final de la Rua San Pedro, así que Merche y yo nos dirigimos hacia allí. Minutos después llegamos y enseguida distingo su chaqueta roja; me alegro mucho de volver a verlo, temía que ya no pudiéramos coincidir en Santiago y que Merche no tuviera la oportunidad de conocer a alguien con quien tanto he compartido en este camino. Tras los saludos y presentaciones continuamos hacia la Praza do Obradoiro, ya estamos muy cerca. Al entrar en la plaza pienso mucho en mis queridas compañeras de camino, en Carmenxu, Lur y Vir, a quienes tanto me une; las echo de menos, quisiera poder abrazarlas; están lejos pero a la vez sé que están aquí conmigo, las siento.

Disfrutamos del momento. Es temprano y todavía no hay mucha gente en la plaza. La catedral luce magnífica; hacemos algunas fotos pero sobre todo quiero que mis ojos se llenen de Santiago, quiero guardar este recuerdo muy dentro de mi.

Pronto, demasiado pronto, Lino se despide de nosotros. Le insisto para que vayamos a tomar una cerveza antes de irse; no he tenido oportunidad de contarle nada sobre las etapas de la variante, pero tiene muchas cosas que hacer y muy poco tiempo, así que tiene que marcharse. Me dice que ha sido un honor caminar conmigo, pero te puedo asegurar Lino que el honor ha sido mío, eres una gran persona. Te deseo lo mejor.

Después llega el incómodo trámite de hacer cola para sellar la credencial y recoger la Compostela. Cerca de dos horas, nada más y nada menos, y eso que hemos llegado relativamente pronto. La cola da la vuelta a un pasillo y mientras nosotros avanzamos hacia los mostradores donde se atiende a los peregrinos, casi por el final de la misma encuentro a Guillermo y lo presento a Merche; como la cola se mueve tan despacio tenemos tiempo de charlar un poco. También me parece ver a Cindy y Natalia, pero luego las busco y no las veo. Por fin llega mi turno y puedo conseguir el último sello del Camino y la Compostela. No importa haber hecho dos horas de cola, la recompensa lo vale.

Con la credencial ya sellada nos dirigimos al Hostal dos Reis Catolicos, donde tenemos reserva: es mi regalo de cumpleaños. El hostal es un edificio magnífico, museo a la vez que alojamiento. La decoración algo recargada para mi gusto, pero tras haber caminado más de trescientos kilómetros y haber dormido en literas junto a gente de todo tipo, me parece bien tener que soportar un poco de lujo. Y lo que es mejor, con Merche; no se puede pedir más.

Me aseo y volvemos a salir a la plaza, con la intención de dar un paseo por Santiago y tomar alguna cerveza o ribeiro, o ambas cosas. Y estando en la plaza me llevo la sorpresa de distinguir a Helmut, haciéndose fotos en grupo. Corro hacia él y el grupo resultan ser Günter, Thierry, Paul, Maya, Nancy, Martina … Están todos allí ¡qué alegría! Me alegra muy especialmente encontrar a Thierry, a quien no esperaba volver a ver; le pregunto por su pie y le explico que Irna me contó que estaría acampado un par de días para recuperarse, pero me cuenta que se encontró bien y pudo continuar. Les presento a Merche y bromean con el hecho de verme vestido tan smart. Helmut le dice a Merche que soy el más rápido de todos, que siempre llego el primero. Tengo que confesar que este final no lo esperaba, ya no contaba con volver a verlos a todos, así que me siento muy feliz de haberlos encontrado y poder abrazarlos antes de que cada uno continúe con su camino o regrese a su lugar de origen. Lo único que lamento es no haber pensado en pedir que nos hicieran alguna foto con mi móvil; por desgracia no tengo ninguna de ellos, aunque Günter se ha anotado mi correo y confío en que me hará llegar alguna.

Actualización: tal y como esperaba (y deseaba), Günter me escribió y me envió algunas fotos, así que incluyo una de las que tomaron en la plaza.

Arriba, de derecha a izquierda: Thierry, Helmut, Paul, una chica a quien no conocía, Martina, Günter y yo. Abajo, Nancy y Maya

Tras despedirnos de todos, Merche y yo seguimos callejeando por Santiago. Paramos en una tasca y junto con las cervezas que pedimos nos sirven una tapa (del tamaño de las raciones que sirven en otro sitios) de tortilla que está impresionante. Luego comemos en Porta Faxeira, en la Rua do Franco, donde entre otras cosas pedimos pulpo y un Ribeiro, San Clodio, con los que nos damos un pequeño homenaje. Volvemos al hostal a descansar un poco; después salimos otra vez y seguimos paseando Santiago; visitamos la Feria del Libro y hacemos alguna compra. A las 22:00 h hay una carrera de 10 Km a pie que sale de la Universidad y termina en la plaza; vemos la salida y más tarde a los primeros corredores en llegar. Después buscamos un sitio donde tomar un vino y algo para comer y paramos en O Filadón, en la Rua da Acibechería. Un lugar curioso; una pequeña tienda de vinos, quesos y embutidos con un pequeño espacio detrás, casi una cueva, con una barra y estantes y taburetes donde poder instalarte para tomarte un vino o cerveza y alguna de las tapas que sirven. Pedimos vino y media ración de queso que nos cuesta terminar; ya nos habían avisado de que incluso media tiene un buen tamaño. Tras caminar un poco mas para ayudar a bajar la cena, volvemos al hostal a descansar.

5 de mayo. Vuelta a casa

Amanecer en el camino

Ya es domingo, y hay que volver a casa. Tomamos un buen desayuno en el Parador: jamón, queso, fruta, tostadas y algo de bollería, acompañados de zumo y café. Casi a punto de terminar, me doy cuenta de que también hay cava, así que sirvo dos copas con las que Merche y yo brindamos por todo cuanto hemos vivido estos días. Tras el desayuno recogemos el equipaje, pagamos la cuenta y caminando, sin prisas, nos dirigimos hacia la parada del autobús que nos llevará al aeropuerto. Tomaremos un vuelo a Barcelona y de ahí a Valencia, donde llegamos cerca de las cinco de la tarde. Ya en Valencia tomamos el metro hacia casa.

Un camino más, con experiencias vividas similares a las de los anteriores, pero a su vez muy distinto. Se puede decir que el hecho de haber ido solo ha sido el matiz diferenciador, pero no de la forma en la que yo creía inicialmente que sería. El camino es el camino y aun yendo solo no eres completamente dueño de tus decisiones, porque a la hora de la verdad no caminas cuánto y como quieres, sino cuánto y como el camino y tus propias fuerzas te permiten, ni te detienes donde quieres, sino donde encuentras un lugar adecuado. Sí es cierto que ir solo me ha permitido tomar decisiones que de otra forma quizá no hubiera escogido, como tomar las variantes de Hospitales y la de Sobrado. Ir solo me ha permitido también no pensar mas que en mi, sin tener que estar atento a otros, sin tener que ajustar mi paso para no dejar atrás a nadie, poder caminar a mi ritmo, con la libertad que el camino te quiera conceder.

Ni mejor ni peor que otros, simplemente distinto. Tanto el Camino del Norte con Lur y Miguel como el Francés con Carmenxu, Lur y Vir han sido experiencias que no cambiaría por nada, que me han permitido profundizar los vínculos de amistad y cariño con quienes ya conocía y crear otros nuevos, igual de intensos. Lo que sí tienen en común tanto uno como los otros es la intensidad de las experiencias y los encuentros vividos, que dejarán en nosotros un enorme caudal de recuerdos.